no hay onda que no nazca y que no estalle
abrazando a la urbe por el talle
en las noches más negras y más hondas.
Así, por mucho que huyas o te escondas,
mientras despliegue México su Valle,
te hallará la pregunta de la calle:
Colchones, lavadoras, micro-ondas
–dirá la voz, o bien: –un fierro viejo
que vendan. Y la oirás a hasta en los sueños,
sabiendo que ese fierro es ya tu espejo.
No habrá consuelos grandes ni pequeños,
más que otra voz que ablande tu entrecejo:
“deliciosos tamales oaxaqueños”.
Óscar de Pablo
* * *
“Lavadoras, tambores, microondas”,
escucho perturbado desde el lecho,
sabiendo que yo mismo me he deshecho
de cosas más queridas, más orondas.
Me deshice de un gato contrahecho
que paseaba maullando por las frondas,
y de aquellas certezas que, aunque escondas,
se te notan latiendo en pleno pecho.
Lo que tengo me gusta casi todo:
la afición por las listas, el cuchillo
con que corto ahora mismo unos limones,
el balcón –y sus plantas, y su lodo–,
el reloj de la sala, mi tobillo,
la atención con que escucho los pregones.
Daniel Saldaña París
* * *
Colchones, microondas, lavadoras,
me demanda una voz, con sus tambores
que incorpóreos repican; tentador es
su llamado infantil, y tentadoras
sus ofertas. Resisto. Acusadoras
mis cosas me están viendo: acusadores
miran mis fierros viejos; sus calores
me niegan mis estufas; tostadoras
que tenía arrumbadas se rebelan
y me demandan su liberación
al escuchar el divinal pregón:
mas se calman de pronto cuando suenan
deliciosos tamales oaxaqueños:
Dios es plural y son los dos defeños.
Ezequiel Zaidenwerg