The deer were bounding like blown leaves
Under the smoke in front the roaring wave of the brush-fire;
I thought of the smaller lives that were caught.
Beauty is not always lovely; the fire was beautiful, the terror
Of the deer was beautiful; and when I returned
Down the back slopes after the fire had gone by, an eagle
Was perched on the jag of a burnt pine,
Insolent and gorged, cloaked in the folded storms of his shoulders
He had come from far off for the good hunting
With fire for his beater to drive the game; the sky was merciless
Blue, and the hills merciless black,
The sombre-feathered great bird sleepily merciless between them.
I thought, painfully, but the whole mind,
The destruction that brings an eagle from heaven is better than mercy.
Thursday, December 07, 2006
Tuesday, December 05, 2006
algo sobre comer en la del valle
I
De naturaleza menos comercial que residencial, la del Valle es tan propicia a la vida como cualquier otra colonia. Sin embargo, en comida no todos los chilangos la consideran interesante. No tiene ni el glam de Polanco ni la ondita dizque hip de la Condesa; ni la novedad de Santa Fe ni la carga de pasados posibles del Centro. La mayoría de sus felicidades son laterales, un poco secretas. El Aloa (Amores esquina Santa Cruz), por ejemplo, su impresionante pipián, su sápida pierna horneada, su cochinita, y el hecho de que es un arcano compartido entre unos cuantos iniciados. También hay una cochinita muy sabrosa en la Fonda 99.9 (extraño nombre), que se deja acompañar por la mejor sopa de lima de la zona. Fuera de ahí, la colonia sí padece de un pequeño déficit taquero. Los Chupacabras, imponentes montones de cecina, bistec y longaniza que se sazonan con frijoles, cebolla encurtida, nopales, un par de salsas y chiles en escabeche, están en la frontera con la colonia Xoco, pero de aquel lado (Mayorazgo, frente a plaza Coyoacán). Para comer la famosa cochinada de Beto, esa intensísima confección de variety metas que se sirve como salsa sobre un taco (y puede mandarte derechito a cardiología), hay que cruzar otra frontera: la de la Narvarte (Vértiz casi esquina con eje 5). En Pestalozzi y Cochita Béistegui, en el lado oriental de la del Valle, está la Esquina del Taco: buenos precios, buen nopal con queso y mejores salsas: de cacahuate, de piña con limón y una roja cremosita; dos cuadras al norte, en Luz Saviñón, está Manolo, cuyo taco emblemático está hecho de bistec finérrimamente picado con cebolla y pancetta. Alguien me dijo una vez que eran demasiado, demasiado, jugosos. (¿Puede algo ser demasiado jugoso, tanto que deje de ser rico? Lo dudo.)
En hamburguesas estamos mejor. Hay un par de Burger Kings (en eje 5 y División; en Pestalozzi y Universidad), non plus ultra de hamburguesas y papas ‘comerciales’ (las de McDonald’s de plano saben a cartón) pero no los máximos nuggets (ahí sí McDonald’s les da una vuelta y media), hay un buen puesto de al carbón en Pestalozzi esquina Pilares y, por supuesto, hay Hamburguesas Memorables sobre Insurgentes casi en la esquina con Valle Arizpe. Son gordas gordas, traen queso gouda y tocino hipercrujiente. Muy cerca de ahí, en Magdalena y Los Ángeles, hay un puesto blanco semifijo donde las hamburguesas no son, ni de lejos, tan buenas. Las tortas, sin embargo, pueden acercarse a la perfección (bueno, a una perfección): el pan es largo, cubierto de ajonjolí, y se rellena con varios cientos de gramos de buenos ingredientes. Entre las dos y las tres se llena de burócratas, que salen en marabunta de los contiguos edificios de Fonatur y Hacienda.
La cocina española nomás no se le da a la colonia. Las buenas tapas del Antía están sobre Parroquia pero cruzando Universidad, en la colonia Santa Cruz Atoyac; para el sensacional Costa Vasca (Louisiana 16, Nápoles) hay que atravesar, aunque sea unos metros, el límite que impone Insurgentes, y el ambiente del Museo del Jamón (Concepción Béistegui 1356), que sí es la del Valle, es lúgubre cuando no funeral. La italiana tampoco es nuestro fuerte: en el Arrebatto de Patricio Sanz y Concepción las pastas nunca están al dente, y no hay frescura en ningún lado; la Tavola (Torres Adalid 201) es de personalidad anticuada: pastas cocidas mucho tiempo, mojadas con vinos calientes y carísimos; el Macaroni’s es grandilocuente, feo, con cantantes excesivos y vino del peorcito en garrafón (aunque sí sirven un buen bellini); el Italianni’s (¿de dónde, a propósito, las dos enes?), sobre Universidad, es el italiano menos reprobable y, de cualquier modo, es comida de línea de ensamble y nada más.
En Oriente y en cocina casera nos va mucho mejor. Deigo (Pestalozzi 1238) está entre lo más hondamente japonés que tenemos –no sólo en la del Valle: de plano en la ciudad. Si no consideramos a su primer avatar (un localito de unas cuantas mesas, también en la zona), este restaurante no ha cumplido aún el lustro de vida; su comensalía es poca pero devota. Su chef, Genshin Oyakawa, nació en Okinawa y pasó por el Nikko (de San Francisco y de México) antes de independizarse, pero esas estancias no lo han dejado caer en las tentaciones típicas con forma de aguacate y queso crema. La carta es larga y sinuosa, pero dividida en menúes que la hacen ligeramente más dócil. Hay que probar los sashimi perfectamente escogidos, además del uzaku (anguila de río con pepino marinado en vinagre) y el exquisito butakakuni, que es tocino en soya dulce. Más arriba aún está el Suntory (Torres Adalid 14). Masahiko Muto, chef ejecutivo, se ha preocupado porque todo lo que llega a la mesa se parezca lo más posible a un plato kaiseki en Japón y es más fácil creértelo cuando te miran sus cuidadosos jardines desde las ventanas. Hay que pedir el menú que trae ensalada de kanikama, sashimi bicolor, un bonito yakimeshi, tempura mixto, almejas a la mantequilla, teppanyaki de cola de langosta o de ribete, platón de vegetales y un heladito sápido. También son orientales el China Bistro (Insurgentes sur 1026-B), que es una suerte de ‘comida rápida’, bien preparada aunque sin aspavientos: la krispi beef mongolian, tiritas de res crocantes con zanahoria y pimientos caramelizados, se deja comer a pesar de su extraña sintaxis y ortografía, y el Blossom (San Francisco 360), al que le podemos colgar un buen pato pekinés.
Los buenos caseros son pocos pero responsables. La cocina de Placeres y Milagros (en la plaza Mariscal Sucre 10-a, que tiene un kioskito y una fuente donde nadan los perros) no es tan cursi como su nombre: la comida corrida puede traer una enfrijoladita de entrada, una buena sopa de hongos, una pechuga en salsa cremosa de poblano y un postre interesante de chocolate. La Bonne Table (Amores 1403, local 4) es comida corrida pero con un copete degrafilado –cremas de buen olfato, hojaldres que envuelven chiles rellenos de roquefort, cosas así– mientras que la del Comedor de Valencia (Concepción casi con Rébsamen) es cocina de apapacho, comfort food, picadillos muy bien sazonados, enchiladas vuelvealavida y unos de los frijoles charros verdaderamente buenos de la ciudad. Su ambiente, en largas mesas compartidas, tiende a la chorcha, a la voz alta, casi a la amistad.
II
La suma informe de todos estos locales fue, durante una década, mi Centro. Y hoy, en medio de una mudanza, tengo que decir adiós a ese pequeño mundo. Adiós también a las cantinas: a Los Cuates, a Los Girasoles, al Sótano y a la Centauro del Norte; adiós al amor, y adiós al dolor también: bajo este cielo me tendí muchas veces, y supliqué la nada o el olvido. Quiero decir un breve adiós a todo esto –ahí les dejo las llaves, apagan la luz cuando se vayan–, y darle la bienvenida al futuro, origami hecho de arena.
De naturaleza menos comercial que residencial, la del Valle es tan propicia a la vida como cualquier otra colonia. Sin embargo, en comida no todos los chilangos la consideran interesante. No tiene ni el glam de Polanco ni la ondita dizque hip de la Condesa; ni la novedad de Santa Fe ni la carga de pasados posibles del Centro. La mayoría de sus felicidades son laterales, un poco secretas. El Aloa (Amores esquina Santa Cruz), por ejemplo, su impresionante pipián, su sápida pierna horneada, su cochinita, y el hecho de que es un arcano compartido entre unos cuantos iniciados. También hay una cochinita muy sabrosa en la Fonda 99.9 (extraño nombre), que se deja acompañar por la mejor sopa de lima de la zona. Fuera de ahí, la colonia sí padece de un pequeño déficit taquero. Los Chupacabras, imponentes montones de cecina, bistec y longaniza que se sazonan con frijoles, cebolla encurtida, nopales, un par de salsas y chiles en escabeche, están en la frontera con la colonia Xoco, pero de aquel lado (Mayorazgo, frente a plaza Coyoacán). Para comer la famosa cochinada de Beto, esa intensísima confección de variety metas que se sirve como salsa sobre un taco (y puede mandarte derechito a cardiología), hay que cruzar otra frontera: la de la Narvarte (Vértiz casi esquina con eje 5). En Pestalozzi y Cochita Béistegui, en el lado oriental de la del Valle, está la Esquina del Taco: buenos precios, buen nopal con queso y mejores salsas: de cacahuate, de piña con limón y una roja cremosita; dos cuadras al norte, en Luz Saviñón, está Manolo, cuyo taco emblemático está hecho de bistec finérrimamente picado con cebolla y pancetta. Alguien me dijo una vez que eran demasiado, demasiado, jugosos. (¿Puede algo ser demasiado jugoso, tanto que deje de ser rico? Lo dudo.)
En hamburguesas estamos mejor. Hay un par de Burger Kings (en eje 5 y División; en Pestalozzi y Universidad), non plus ultra de hamburguesas y papas ‘comerciales’ (las de McDonald’s de plano saben a cartón) pero no los máximos nuggets (ahí sí McDonald’s les da una vuelta y media), hay un buen puesto de al carbón en Pestalozzi esquina Pilares y, por supuesto, hay Hamburguesas Memorables sobre Insurgentes casi en la esquina con Valle Arizpe. Son gordas gordas, traen queso gouda y tocino hipercrujiente. Muy cerca de ahí, en Magdalena y Los Ángeles, hay un puesto blanco semifijo donde las hamburguesas no son, ni de lejos, tan buenas. Las tortas, sin embargo, pueden acercarse a la perfección (bueno, a una perfección): el pan es largo, cubierto de ajonjolí, y se rellena con varios cientos de gramos de buenos ingredientes. Entre las dos y las tres se llena de burócratas, que salen en marabunta de los contiguos edificios de Fonatur y Hacienda.
La cocina española nomás no se le da a la colonia. Las buenas tapas del Antía están sobre Parroquia pero cruzando Universidad, en la colonia Santa Cruz Atoyac; para el sensacional Costa Vasca (Louisiana 16, Nápoles) hay que atravesar, aunque sea unos metros, el límite que impone Insurgentes, y el ambiente del Museo del Jamón (Concepción Béistegui 1356), que sí es la del Valle, es lúgubre cuando no funeral. La italiana tampoco es nuestro fuerte: en el Arrebatto de Patricio Sanz y Concepción las pastas nunca están al dente, y no hay frescura en ningún lado; la Tavola (Torres Adalid 201) es de personalidad anticuada: pastas cocidas mucho tiempo, mojadas con vinos calientes y carísimos; el Macaroni’s es grandilocuente, feo, con cantantes excesivos y vino del peorcito en garrafón (aunque sí sirven un buen bellini); el Italianni’s (¿de dónde, a propósito, las dos enes?), sobre Universidad, es el italiano menos reprobable y, de cualquier modo, es comida de línea de ensamble y nada más.
En Oriente y en cocina casera nos va mucho mejor. Deigo (Pestalozzi 1238) está entre lo más hondamente japonés que tenemos –no sólo en la del Valle: de plano en la ciudad. Si no consideramos a su primer avatar (un localito de unas cuantas mesas, también en la zona), este restaurante no ha cumplido aún el lustro de vida; su comensalía es poca pero devota. Su chef, Genshin Oyakawa, nació en Okinawa y pasó por el Nikko (de San Francisco y de México) antes de independizarse, pero esas estancias no lo han dejado caer en las tentaciones típicas con forma de aguacate y queso crema. La carta es larga y sinuosa, pero dividida en menúes que la hacen ligeramente más dócil. Hay que probar los sashimi perfectamente escogidos, además del uzaku (anguila de río con pepino marinado en vinagre) y el exquisito butakakuni, que es tocino en soya dulce. Más arriba aún está el Suntory (Torres Adalid 14). Masahiko Muto, chef ejecutivo, se ha preocupado porque todo lo que llega a la mesa se parezca lo más posible a un plato kaiseki en Japón y es más fácil creértelo cuando te miran sus cuidadosos jardines desde las ventanas. Hay que pedir el menú que trae ensalada de kanikama, sashimi bicolor, un bonito yakimeshi, tempura mixto, almejas a la mantequilla, teppanyaki de cola de langosta o de ribete, platón de vegetales y un heladito sápido. También son orientales el China Bistro (Insurgentes sur 1026-B), que es una suerte de ‘comida rápida’, bien preparada aunque sin aspavientos: la krispi beef mongolian, tiritas de res crocantes con zanahoria y pimientos caramelizados, se deja comer a pesar de su extraña sintaxis y ortografía, y el Blossom (San Francisco 360), al que le podemos colgar un buen pato pekinés.
Los buenos caseros son pocos pero responsables. La cocina de Placeres y Milagros (en la plaza Mariscal Sucre 10-a, que tiene un kioskito y una fuente donde nadan los perros) no es tan cursi como su nombre: la comida corrida puede traer una enfrijoladita de entrada, una buena sopa de hongos, una pechuga en salsa cremosa de poblano y un postre interesante de chocolate. La Bonne Table (Amores 1403, local 4) es comida corrida pero con un copete degrafilado –cremas de buen olfato, hojaldres que envuelven chiles rellenos de roquefort, cosas así– mientras que la del Comedor de Valencia (Concepción casi con Rébsamen) es cocina de apapacho, comfort food, picadillos muy bien sazonados, enchiladas vuelvealavida y unos de los frijoles charros verdaderamente buenos de la ciudad. Su ambiente, en largas mesas compartidas, tiende a la chorcha, a la voz alta, casi a la amistad.
II
La suma informe de todos estos locales fue, durante una década, mi Centro. Y hoy, en medio de una mudanza, tengo que decir adiós a ese pequeño mundo. Adiós también a las cantinas: a Los Cuates, a Los Girasoles, al Sótano y a la Centauro del Norte; adiós al amor, y adiós al dolor también: bajo este cielo me tendí muchas veces, y supliqué la nada o el olvido. Quiero decir un breve adiós a todo esto –ahí les dejo las llaves, apagan la luz cuando se vayan–, y darle la bienvenida al futuro, origami hecho de arena.
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