Tuesday, April 04, 2006

rimbaud: voyelles

A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu: voyelles,
Je dirai quelque jour vos naissances latentes:
A, noir corset velu des mouches éclatantes
Qui bombinent autour des puanteurs cruelles,
Golfes d'ombre; E, candeurs des vapeurs et des tentes,
Lances des glaciers fiers, rois blancs, frissons d'ombelles;
I, pourpres, sang craché, rire des lèvres belles
Dans la colère ou les ivresses pénitentes;
U, cycles, vibrement divins des mers virides,
Paix des pâtis semés d'animaux, paix des rides
Que l'alchimie imprime aux grands fronts studieux;
O, suprême Clairon plein des strideurs étranges,
Silences traversés des Mondes et des Anges:
- O l'Oméga, rayon violet de Ses Yeux!

Monday, April 03, 2006

london calling

London’s maze
Londres es un laberinto rojo: los taxis al principio del siglo XIX eran rojos, las cabinas telefónicas lo eran hasta hace poco, los camiones, famosamente, lo siguen siendo; las tejas de la Londres romana fueron rojas, como lo fue la primera muralla londinense. ‘Vi el populoso mar –escribe Borges en El Aleph–, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi un laberinto roto (era Londres).’ Londres es un laberinto que arrastra hacia sí, que engulle. Camino de Londres, De Quincey sintió, en 1800, ‘una succión poderosísima, en un radio vastísimo, y la conciencia de que, al mismo tiempo, en un radio aún más vasto, ya por tierra, ya por mar, una succión aún más poderosa está operando’. Escribió también que, a cuarenta millas de la ciudad, ‘el lóbrego presentimiento de una vasta capital te alcanza, oscuramente’. Una frase típica del siglo XVIII decía: London conquers most who enter it. Londres conquista y, según está escrito en East London, ‘devora a sus propios hijos’. Los apellidos de las grandes familias del siglo XV, como Whittington y Chichele, ya habían desaparecido en el XVIII; las familias del XVII ya no existían en el XIX: la ciudad se las tragó. Londres necesita comer más, más, y siempre está ejerciendo su embrujo, que atrae de fuera más carne para su apetito: en 1690, ‘el 73 por ciento de aquellos que gozan de la libertad de la Ciudad nacieron fuera de Londres’; en la primera mitad del siglo XVIII, diez mil personas llegaban a vivir ahí anualmente: la ciudad como piedra imán. Mas la metáfora de la ciudad glotona, devoradora, no es desaforada: el Gran Fuego de 1666, una de las varias conflagraciones que la han destruido, inició en Pudding Lane y terminó en Pie Corner, como si sólo el hambre lo limitara, y en esa esquina está aún la figura dorada del fat boy; antes hubo ahí esta inscripción: ‘Se alzó esta figura en memoria del incendio de Londres, ocasionado por el pecado de la gula, 1666.’
-----La ciudad devora a sus hijos, pero el londinense también devora la ciudad. Alguna vez Londres fue vista como una enorme cocina, ‘el lugar de la comida mucha y muy buena’. (Dicen algunos que cockney, ese bello término que sirve para denominar a lo típicamente londinense, viene del latín coquina: cocina.) Los registros reportan que, en 1725, se consumieron ahí ‘60,000 terneras, 70,000 ovejas y corderos, 187,000 puercos, 52,000 lechones; 14,750,000 pescados caballas; 16,366,000 libras de queso...’ Hay una cocina del siglo II, reconstruida en el Museum of London; hay en ella una estufa en la que se cuecen porciones de res y puerco, pato y ganso, pollo y venado: tal era la riqueza de los bosques que la rodeaban. También (lo muestran las excavaciones de la Londres romana) se comía ostiones, cerezas, ciruelas, lentejas, chícharos, nueces, pepinos. En un amphora hallada en Southwark se lee este anuncio: ‘Lucius Tettius Aficanus provee la más fina salsa de pescado de Antipolis.’ En la Londres de los sajones, un buey costaba seis chelines y un cerdo un chelín. Un poco más tarde, la comida de ley era la anguila: hay evidencia de que, a lo largo del Támesis, el siglo XI era prolífico en pequeñas tiendas que expendían ese animal. En ninguna otra ciudad, acaso, el pan ha sido más vital. Hubo escasez en 1258: se importaron toneladas de trigo de Alemania y aún así ‘quince mil de los pobres perecieron’. Pero un diario doméstico de la época señala que, en días de pescado, se comía ‘arenque, anguila, lamprea, salmón’ y en días de carne ‘puerco, cordero, res, aves, pichones y alondras’. También hubo hambre en 1392 y 1393, y se forzó a los pobres, según Stow, a ‘una dieta de manzanas y nueces’. Chaucer, hacia 1400, pudo escribir que el cocinero se emplea ‘to boil the chicken and the marrow bones... maken mortrewes and well bake a pie’: mortrewe era una sopa (tal vez felizmente olvidada) de pescado, puerco, pollo, huevos, pan, pimienta y cerveza. Siempre cerveza, a eso huele Londres, y a jerez también (sherry o sack). Falstaff recurre a él todo el tiempo: ‘Give me a cup of sack, you rogue. Is there no virtue extant?’, ‘Let me pour in some sack to the Thames water!’ Al principio del siglo XVII, el roast beef ya era emblemático de la ciudad; también un tal ‘milk pudding’. Había una frase cockney: to come in pudding time, que quería decir ‘llegar o suceder en el mejor momento posible’. Otra novedad: la familia londinense se sentaba alrededor de una parrilla a rostizar, delicadamente, rebanadas de pan con mantequilla: ‘This is call’d “toast”.’ En mayo de 1718 un enorme pudín de carne, 18 pies y 2 pulgadas de largo, 4 pies de diámetro, fue llevado por seis asnos a la taberna del Cisne en Fish Street Hill pero, al parecer, ‘su olor fue demasiado para la gula de los londinenses’: la escolta fue asaltada, y devorada su preciosa carga. Todo el XVIII fue famoso por sus coffee houses. La Topography of London dice ya en el siglo anterior: ‘theire ware also att this time a Turkish drink to be sould almost in eury street, called Coffee, and another kind of drink called Tee, and also a drink called Chacolate, which was a very harty drink.’ Al principio del XIX estuvieron de moda la pasta de anchoas, la lengua en conserva, la mantequilla clarificada y el pâté de foie gras; se desayunaba jamón, lengua fresca y ‘a devil’, es decir: un riñón; en la cena solía haber ‘chuleta de borrego, filete de nalga, sirloin, restos de ganso y pavo, bacalao reducido a agallas, aletas y cola’. En el siglo XX otra maldición cayó sobre Londres: la enfermedad de las vacas locas, que cambió de arriba abajo el mercado de carnes de Smithfield, como un incendio, y volvió a la res inglesa, tan querida, el odio favorito de la ridículamente fresa Europa... Los habitantes de Londres se vengan de la ciudad: la engullen y la excretan mientras ella, a su vez, los mastica y los devuelve, inertes, muertos, a sus calles apestosas.
-----Quiero largarme de aquí. Quiero cambiar el mapa mental de la ciudad de México por el multitudinous map of London, quiero emborracharme de ale o de lager, salir y comer papas y pescado en cualquier chippie; quiero embarrarme de sangre en el mercado de Smithfield, aunque no se parezca al mercado de hace un siglo; quiero colas de cerdo marinadas y asadas en el horno con pan molido y mostaza fuerte, bazo de cerdo braseado lentamente; quiero comer hígado de ternera con tocino en el Sir Loin, terrina y pescuezos de pato rellenos en el St John, empezar a chupar en el Fox & Anchor a las 6.30 am y no soltar el tarro hasta que la niebla y la lluvia vuelvan a caer con la noche de Whitechapel, y mis dientes amarillos se hayan roto. Quiero tragármela y excretarla, y que mi apellido se pierda en Londres, que no haya nadie de los míos después de mí, que un cronista un día diga: ‘Aquí hubo un Ruvalcaba alguna vez. La ciudad se lo tragó.’

Dos recetas
Vamos a cocinar. Pero vamos a cocinar en serio, como en la mejor Londres, a olvidarnos de los vegetarianos y los fresas. Los niños nos dicen que no les gusta el hígado, la cabeza, la panza, el pulmón; los ancianos no pueden comer ojos, trompa, orejas, colas. Güeva. Aprovechemos: somos jóvenes (aunque definitivamente no somos bellos): podemos comer lodo con paladar de príncipes, hundirnos en inefable cieno. (Bliss was it in that dawn to be alive, escribió el buen Wordsworth, but to be young was very heaven!) Podemos comer chicharrón fresco, crujiente y jugoso, goteante de la grasa de ese cerdo que murió apenas ayer; podemos en un mercado del norte del mundo escoger una cabrita (la tienen viva ahí, como en un petting zoo, para que los niños la acaricien) y decir: la quiero entera, ver a un carnicero llevarla al inmediato matadero tomada de las patas traseras (beeeee, beeeee, grita, aunque ni idea tiene de su inmediato destino), y verla pasar bajo el instantáneo machete, peladito y en la boca; ver el desuelle, el sangrado, el destripe... I’ve seen where food comes from dice Anthony Bourdain, y es aquí: vamos a matar a un cerdo, vamos a oír su eterno grito reproducirse en los fotogramas de Japón; vamos a matar una avestruz en Morelos y un caballo en Viena por la grasa riquísima que les rodea los tobillos; vamos a ver una vaca recibir el tiro de gracia en nuestro nombre... Vamos a comernos, deliciosamente, cualquier bestia del mundo. Y si un día el vuelo México-Patagonia se viene abajo, y no soy yo uno de los sobrevivientes de los Andes, asa, amigo mío, mi carne magra y jodida por muchos años de tabaco, coca y alcohol, pero acaso sabrosa al fin; pruébame y, si se puede, disfrútame. (Yo haré lo mismo, si mueres antes.) Comámonos los unos a los otros porque, de cualquier modo, seremos alimento de un gusano en el futuro.

1. Chuleta de panza con chutney del St John
La panza en este caso es lo que está fuera del estómago del cerdo; su tocino, pues, antes de que llegue al ahumado (en italiano puede ser pancetta que, si lo piensas, simplemente es ‘pancita’), la deliciosa grasa que lo cubre. En México, creo, sólo se ha atrevido a hacer haute cuisine con ella el excelente chef Guillermo González Beristáin, que ejerce sus densidades en el Pangea de Monterrey. La receta es para cuatro. En una cacerola grande pon 5 manzanas en trozos, 4 jitomates en trozos, 2 cebollas picadas, 2 dientes de ajo picaditos, 20 dátiles sin semilla (picados), 2 y media tazas de pasas, 2 cucharaditas de jengibre picado, taza y media de vinagre de vino blanco, 4 tazas y media de azúcar mascabado y 1 atado de hierbas de olor, con sal; hiérvelos, muévelos, durante 40 mins; cuece otros 20 mins, hasta que el chutney espese. Retira y deja enfriar. (Es más rico con un par de días de vida.) Precalienta el horno a 200 grados; calienta a fuego medio alto dos cucharadas de deliciosa grasa de pato en una sartén; sazona 4 chuletas de panza de cerdo con sal y pimienta, séllalas en la sartén, de dos en dos, y pásalas a una charola de hornear. Hornéalas unos 7 minutos, según la gordura. Sírvelas, como en el St John de Londres, con el chutney y papas hervidas sazonadas con sal y salpicadas con perejil.

2. London pigs’ tails
En las carnicerías de la ciudad de México, a diferencia de las queridas carnicerías de Londres, se desperdicia muchísimo: el bazo y el rabo de cerdo son ejemplos muy ilustres de esa ceguera. Para esta receta consigue 8 rabos largos; ponlos en una charola para horno con 2 cebollas, 2 zanahorias, 2 tallos de apio (todo en trozos), 1 puño de yerbas de olor, 10 granos de pimienta negra, 1 cabeza de ajo, la ralladura de 1 limón, medio litro de vino tinto y 1 litro de buen caldo de pollo. Cubre con aluminio, cocina en el horno (180º) unas tres horas; deja enfriar las colas en el caldo; sácalas antes de que éste se haga gelatina; mételas al refri, maomeno 1 hora; calienta el horno a 200º; mezcla 4 huevos con 2 cucharadas de mostaza inglesa, pon la mezcla en un bol; pon 450g de harina en otro y 225g de buen pan molido en un tercero; pasa los rabos por ellos (primero huevo, luego harina, luego pan) y llévalos de inmediato a una sartén grande, con mantequilla muy caliente, que puedas meter al horno. Hornéalos 20 minutos, dándoles la vuelta a medio camino. Sírvelos con una ensalada de berros o, mejor aún, de verdolaguitas tiernas. Acompaña todo, tal vez, con un sauvignon blanc de Nueva Zelanda. Si tienes hijos, mándalos a la cantina de la cuadra; si abuelos o padres, enciérralos en un cuarto bajo llave, y brinda por la eterna renovación de Londres, por que sucumba a incendios y plagas, y se alce otra vez, por que el lugar común del river Thames siga corriendo siempre. Repite aquellas líneas del London de Blake: In every cry of every Man, In every Infant’s cry of fear, In every voice, in every ban, The mind-forg’d manacles I hear, y escucha ahí, como él, los hierros que ha forjado el espíritu.

London after midnight
“Y éste también –dice Marlow de repente en Heart of Darkness– ha sido uno de los lugares obscuros de la tierra.” Entre otros, la noche de Londres les pertenece a los antreros. La palabra clubbing, antrear, llegó al inglés en el siglo XVII (hoy está extendidísima), pero los clubes empezaron a popularizarse en el XVIII. Estos drinking clubs se reunían semanalmente en alguna taberna a comer, chupar y cantar y discutir. En el Kit Kat Club los debates podían durar muchas horas; en el Robin Hood Club de Butcher Row cada miembro podía hablar durante cinco minutos. Estaba el Twopenny Club, para los pobres, una de cuyas reglas decía: “si un vecino maldice o es obsceno, su vecino puede patearle las pantorrillas”. Raro en Londres, donde las dos palabras más pronunciadas son fuck y cunt. Y raro en Londres, donde existía un Farting Club en Cripplegate, cuyos miembros “meete once a week to poyson the Neighbourhood, and with theyr Noisy Crepitations attempt to outfart one another”, es decir: se reunían a ver quién se tiraba los pedos más fuertes y venenosos. También hubo un Man-Killing Club, en el que no entraba un miembro sin un muerto en su haber. Hoy, este tipo de reuniones no se llaman clubs sino, simplemente, nights. Una hojeada a la revista londinense Mixmag, por ejemplo, revela vertiginosamente: house nights, garage (pronúnciese en cockney: garridge) nights, techno nights, 2-step nights, chill nights, urban nights, trance nights, electro nights, breaks nights... todas sucediendo, digamos, el mismo miércoles. La noche de Londres le pertenece al alcohol, al reventón, a las tachas, a la ketamina, al baile, al K-hole y a la coca.
-----Pero la noche londinense también es de los asesinos y los suicidas. El primero de mayo de 1765, según Jean Pierre Grosley, “la esposa de un coronel se ahogó en el canal de el parque de St James; un panadero se colgó en Drury-lane; una muchacha, que vivía cerca de Bedlam, hizo el intento de acabar consigo de la misma manera”. En 1862 hubo una famosa ‘Suicide-mania’. Se ensayaron muchas explicaciones: “la afectación de la singularidad”, el clima, la niebla, la carne de res, el alcohol, hasta el teatro. Como aquel pobre diablo que intentó matarse porque se creía atormentado por “all the ghosts in the tragedy of Richard The Third”, y por los cadáveres de los cementerios de Londres. También se suicidó, pero en 1811, John Williams, que en el transcurso de una semana había asesinado a siete personas (dos niños y un bebé incluidos). Se mató en su celda, en la prisión de Clerkenwell; su cuerpo, con el martillo aún sangriento y el cincel que habían sido sus armas, fue paseado frente a las casas de sus víctimas y enterrado en el cruce de Back Lane y Cannon Street Road, con una estaca atravesada en el corazón. Sobre él –escribe De Quincey– pasa por siempre el estruendo de la incesante Londres: the uproar of unresting London. La lista de los asesinatos de Londres no terminará nunca: en 1726, la dueña de una taberna llamada The Gentleman in Trouble degolló a su marido y lanzó la cabeza al Támesis. Alguien la encontró y la puso en un poste; otra persona reconoció el rostro que ya no era más, y fue posible dar con la asesina. Nadie pudo hallar, en cambio, al asesino que asoló Spitalfields y Whitechapel en 1888, y que los periódicos y el rumor popular llamaron, primero, Jack, y después: Jack the Ripper. La noche de Londres se parece a la ciudad de sueños a la que entra Robert, el protagonista de Sandman: Tale of two cities, un cómic extrañísimo de 1993: está poblada de muertos y fantasmas.
-----En el epígrafe de su densísimo poema The city of dreadful night, James Thomson puso esta línea de Dante: Per me si va nella città dolente, que está inscrita en la puerta del Inferno. Si Londres es el infierno, ¿cómo podría sorprender que su noche le pertenezca, también, al Diablo? En 1608, “un viajero de extraña apariencia” visitó a las putas de Shoreditch y les juró que “en Londres había visto al Diablo”. Un pordiosero y ladrón, camino del patíbulo, gritó: “¿A quién puede el Diablo tener por compañía sino a mí?” Era la Londres medieval, donde, según las Chronicles of London, en el día de San Lucas de 1221 se pudo ver dragones y espíritus malignos pasar por los aires (“fyrye Dragons & Wykked Spyrites merveyllously ffleynge in the eyre”). Esos mismos demonios se aparecieron en octubre 19 de 1904, según el diario de Stopford Brooke. El diablo solía aparecerse en su propia calle, Devil’s Lane, en el bajo Holloway. El barrio de Smithfield tiene un vocativo: “Thou art the Seat of the Beast!” Un profeta jura haber visto al diablo “caminando tranquilamente por Tottenham Court Road”; Coleridge lo imagina en la cárcel de Coldbath; Byron le dice a Londres “salón del Diablo”: Devil’s drawing-room (creo que es en Don Juan). Los vecinos de Camden Town, a mediados del siglo XVII, juraron haber visto al Diablo entrar, una noche, a la casa de la famosa bruja Mother Damnable, que fue encontrada al día siguiente muerta frente a su caldero. En 1830 el Diablo se le apareció a Jane Alsop, y le escupió fuego en la cara, le arrancó pelo. Sus hermanas la rescataron, pero el Diablo fue a tocarles a su casa. (A propósito, el Infierno, la ciudad doliente de Londres, también es de tristeza. Orwell lo notó, Dickens también, y Verlaine –se quedaba en el número 36 de Howland Street– lo escribió así: Il pleure dans mon coeur / Comme il pleut sur la ville: Llueve en mi corazón como llueve sobre la ciudad…)
-----El Diablo, los asesinos, los fantasmas han estado en Londres. También la han visitado la peste (al menos seis veces, la peor en 1664), los incendios (el de 1666 la destruyó casi completa), la ‘fiebre del sudor’ (siete veces; la de 1528 mató a varios miles en seis horas), el Blitzkrieg nazi, y decenas de ataques terroristas en los últimos 35 años (en 1973 hubo 36 bombas). Yo no me apuro. Ella seguirá ahí siempre, tosiendo el polvo de sus escombros, cubierta de cicatrices, violenta, nocturna y hermosa.

Wednesday, March 29, 2006

dj gabotrón

Thursday, March 23, 2006

adictvm: alborada

Trabajo el día entero y medio me embriago de noche.
Al despertar a las cuatro a la muda oscuridad, miro.
Con el tiempo el borde de las cortinas tendrá luz.
Hasta entonces veo lo que en realidad siempre está ahí:
La inquieta muerte, más cerca ahora todo un día,
Haciendo imposible todo pensamiento salvo cómo
y dónde y cuándo yo mismo moriré.
Interrogante estéril: aunque el pavor
De morir y estar muerto
Destella de nuevo se aferra y horroriza.

La mente se desvanece ante el fulgor. Sin remordimiento
-El bien no hecho, el amor no dado, el tiempo
arrancado sin pasar- no miserablemente porque
una sola vida puede llevar tanto en escalarse
Libre de sus errados comienzos, y puede que nunca se logre:
Pero en la vacuidad total por siempre,
La segura extinción a la que nos dirijimos
Y en la que siempre nos perderemos. El no estar aquí,
El no estar en ninguna parte,
Y pronto; nada más terrible, nada más cierto.

Esta es una manera especial de temer
Que ningún truco disipa. La religión lo intentaba,
Aquel vasto brocado musical apolillado
Creado para pretender que nunca morimos,
Ylas cosa ésa engañosa que dice que ningún ser racional
Puede temer una cosa que no puede sentir, ni ver
Que es eso lo que tememos- no ver, no oir
no tocar o probar u oler, nada en qué pensar,
nada que amar o a qué vincularse.
La anestesia de la que nadie regresa

Y así se queda justo a la orilla de la visión,
Un pequeño borrón fuera de foco, un escalofrío de pie
Que alenta cada impulso hacia la indecisión
La mayoría de las cosas puede que nunca sucedan:ésta sí
Y darse cuenta de ello estalla en cólera
En temor de horno cuando nos atrapan sin
gente ni trago.El valor no sirve:
Significa no asustar a otros.Ser valiente
No le evita a nadie la tumba
La muerte no es distinta si le gimoteas o te le resistes.

Lentamente la luz se fortalece, y el cuarto toma forma.
Se yergue simple como un ropero, que sabemos,
siempre hemos sabido, sabemos que no podemos escapar
Ni tampoco aceptar.Uno de los dos habrá de perder.
Mientras los teléfonos se agazapan, dispuestos a sonar
En oficinas encerradas, y todo el descuidado
Intrincado mundo rentado comienza a despertar
El cielo es blanco como arcilla, sin sol.
Alguien tiene que hacer el trabajo.
Los carteros como los doctores van de casa en casa.

arturo ávila: alborada

Trabajo todo el día, y me embriago a medias por la noche.
Despierto a las cuatro a una muda oscuridad, la mirada clavo.
A su tiempo crecerá la luz, de la cortina al borde.
Hasta entonces veo lo que ahí siempre ha estado:
Una muerte intranquila, un día entero más cercana,
Volviendo la intención de todo pensamiento vana
Salvo cómo y dónde y cuándo habré de morir.
Árida interrogante: aún el miedo
De morir, y estar muerto,
Relampaguea de nuevo para horrorizar y asir.

La mente se vacía en el resplandor. No en el remordimiento
- El bien no usado, el amor no brindado, desgarrado
Tiempo sin empleo- a despecho
De que una vida pueda, en limpiarse, tardar tanto
Desde sus comienzos equivocados, o nunca estarlo:
Sino en el total vacío perpetuado,
La extinción hacia la que viajamos de cierto
Y en la que estaremos perdidos para siempre. No estar aquí,
Ni en parte alguna vivir,
Y pronto; nada más terrible, nada más cierto.

Ésta es de tener miedo una forma especial
Que ninguna suerte desvanece. La religión solía intentar,
Ese brocado vasto y comido por polillas, musical,
Creado para que nunca muramos anhelar,
Y ese material engañoso diciendo que ningún racional ser
Ha de temer algo que no pueda sentir, sin ver
Que es esto lo que tememos: -ninguna visión, ningún sonido
Ningún tacto, gusto o fragancia, pensar en nada,
A quien unirse o para amar nada,
No-estética de la que no torna lo ido.

Y así permanece en el mismo borde de la visión
Un pequeño borrón desenfocado, un escalofrío que queda
Que retarda cada impulso hasta la indecisión
La mayoría de las cosas pueden no ocurrir: ésta será cierta
Y arrebata el comprenderlo
A un horno de miedo en el que somos prisioneros
Sin gente ni bebida. El valor no es bueno:
Significa no asustar a otros. Ser osado
No deja a alguien de la tumba al lado.
La muerte no es distinta tolerada que con duelo.

La luz aumenta suavemente, y toma forma el lugar.
Se alza ordinaria como un ajuar que conocemos,
Que hemos conocido siempre, saber que no podemos escapar:
Una de las partes habrá de irse, aún si aceptarlo no podemos
Mientras el teléfono se encoge, a sonar preparado
En oficinas aseguradas, y todo el despreocupado
Intrincado rentado mundo comienza a levantarse.
Como arcilla sin sol, el cielo es blanco.
Hecho ha de ser el trabajo.
Carteros cual doctores de casa en casa a desplazarse.

Thursday, March 16, 2006

larkin: love again

Love again: wanking at ten past three
(Surely he's taken her home by now?),
The bedroom hot as a bakery,
The drink gone dead, without showing how
To meet tomorrow, and afterwards,
And the usual pain, like dysentery.

Someone else feeling her breasts and cunt,
Someone else drowned in that lash-wide stare,
And me supposed to be ignorant,
Or find it funny, or not to care,
Even ... but why put it into words?
Isolate rather this element

That spreads through other lives like a tree
And sways them on in a sort of sense
And say why it never worked for me.
Something to do with violence
A long way back, and wrong rewards,
And arrogant eternity.

Friday, March 10, 2006

Thursday, March 02, 2006

gil de biedma: conversación

Los muertos pocas veces libertad
alcanzáis a tener, pero la noche
que regresáis es vuestra,
vuestra completamente.

Amada mía, remordimiento mío,
la nuit c’est toi cuando estoy solo
y vuelves tú, comienzas
en tus retratos a reconocerme.

¿Qué daño me recuerda tu sonrisa?
¿Y cuál dureza mía está en tus ojos?
¿Me tranquilizas porque estuve cerca
de ti en algún momento?

La parte de tu muerte que me doy,
la parte de tu muerte que yo puse
de mi cosecha, cómo poder pagártela...
Ni la parte de vida que tuvimos juntos.

Cómo poder saber que has perdonado,
conmigo sola en el lugar del crimen?
Cómo poder dormir, mientras que tú tiritas
en el rincón más triste de mi cuarto?

Wednesday, March 01, 2006

marcial: epigrama (VII, 73)

Esquiliis domus est, domus est tibi colle Dianae,
et tua patricius culmina uicus habet;
hinc uiduae Cybeles, illinc sacraria Vestae,
inde nouum, ueterem prospicis inde Iouem.
Dic ubi conueniam, dic qua te parte requiram;
quisquis ubique habitat, Maxime, nusquam habitat.

Tuesday, February 28, 2006

rubber

the spectator

Saturday, February 18, 2006

nerval: lénore

Lénore au point du jour se lève,
L’oeil en pleur, le coeur oppressé ;
Elle a vu passer dans un rêve,
Pâle et mourant, son fiancé !
Wilhelm était parti naguère
Pour Prague, où le roi Frédéric
Soutenait une rude guerre,
Si l’on en croit le bruit public.

Enfin, ce prince et la tsarine,
Las de batailler sans succès,
Ont calmé leur humeur chagrine
Et depuis peu conclu la paix ;
Et cling ! et clang ! les deux armées,
Au bruit des instruments guerriers,
Mais joyeuses et désarmées,
Rentrent gaîment dans leurs foyers.

Ah ! partout, partout quelle joie !
Jeunes et vieux, filles, garçons,
La foule court et se déploie
Sur les chemins et sur les ponts.
Quel moment d’espoir pour l’amante,
Et pour l’épouse quel beau jour !
Seule, hélas ! Lénore tremblante
Attend le baiser du retour.

Elle s’informe, crie, appelle,
Parcourt en vain les rangs pressés.
De son amant point de nouvelle…
Et tous les soldats sont passés !
Mais sur la route solitaire,
Lénore en proie au désespoir
Tombe échevelée… et sa mère
L’y retrouva quand vint le soir.

– Ah ! le Seigneur nous fasse grâce !
Qu’as-tu ? qu’as-tu, ma pauvre enfant ?…
Elle la relève, l’embrasse,
Contre son coeur la réchauffant ;
Que le monde et que tout périsse,
Ma mère ! Il est mort ! il est mort !
Il n’est plus au ciel de justice
Mais je veux partager son sort.

– Mon Dieu ! mon Dieu ! quelle démence !
Enfant, rétracte un tel souhait ;
Du ciel implore la clémence,
Le bon Dieu fait bien ce qu’il fait.
– Vain espoir ! ma mère ! ma mère !
Dieu n’entend rien, le ciel est loin…
À quoi servira ma prière,
Si Wilhelm n’en a plus besoin ?

– Qui connaît le père, d’avance
Sait qu’il aidera son enfant :
Va, Dieu guérira ta souffrance
Avec le très-saint sacrement !
– Ma mère ! pour calmer ma peine,
Nul remède n’est assez fort,
Nul sacrement, j’en suis certaine,
Ne peut rendre à la vie un mort !

– Ces mots à ma fille chérie
Par la douleur sont arrachés…
Mon Dieu, ne va pas, je t’en prie,
Les lui compter pour des péchés !
Enfant, ta peine est passagère,
Mais songe au bonheur éternel ;
Tu perds un fiancé sur terre,
Il te reste un époux au ciel.

– Qu’est-ce que le bonheur céleste
Ma mère ? qu’est-ce que l’enfer ?
Avec lui le bonheur céleste,
Et sans lui, sans Wilhelm, l’enfer ;
Que ton éclat s’évanouisse,
Flambeau de la vie, éteins-toi !
Le jour me serait un supplice,
Puisqu’il n’est plus d’espoir pour moi !

Ainsi, dans son coeur, dans son âme,
Se ruait un chagrin mortel :
Longtemps encore elle se pâme,
Se tord les mains, maudit le ciel,
Jusqu’à l’heure où de sombres voiles
Le soleil obscurcit ses feux,
À l’heure où les blanches étoiles
Glissent en paix sur l’arc des cieux.

Tout à coup, trap ! trap ! trap ! Lénore
Reconnaît le pas d’un coursier,
Bientôt une armure sonore
En grinçant monte l’escalier…
Et puis, écoutez ! la sonnette,
Klinglingling ! tinte doucement…
Par la porte de la chambrette
Ces mots pénètrent sourdement :

– Holà ! holà ! c’est moi, Lénore !
Veilles-tu, petite, ou dors-tu ?
Me gardes-tu ton coeur encore,
Es-tu joyeuse ou pleures-tu ?
– Ah ! Wilhelm, Wilhelm, à cette heure !
Ton retard m’a fait bien du mal,
Je t’attends, je veille, et je pleure…
Mais d’où viens-tu sur ton cheval ?

– Je viens du fond de la Bohême,
Je ne suis parti qu’à minuit,
Et je veux si Lénore m’aime
Qu’elle m’y suive cette nuit.
– Entre ici d’abord, ma chère âme,
J’entends le vent siffler dehors,
Dans mes bras, sur mon sein de flamme,
Viens que je réchauffe ton corps.

– Laisse le vent siffler, ma chère,
Qu’importe à moi le mauvais temps,
Mon cheval noir gratte la terre,
Je ne puis rester plus longtemps :
Allons ! chausse tes pieds agiles,
Saute en croupe sur mon cheval,
Nous avons à faire cent milles
Pour gagner le lit nuptial.

– Quoi ! cent milles à faire encore
Avant la fin de cette nuit ?
Wilhelm, la cloche vibre encore
Du douzième coup de minuit…
– Vois la lune briller, petite,
La lune éclairera nos pas ;
Nous et les morts, nous allons vite,
Et bientôt nous serons là-bas.

Mais où sont et comment sont faites
Ta demeure et ta couche ?
– Loin :Le lit est fait de deux planchettes
Et de six planches…. dans un coin
Étroit, silencieux, humide.
– Y tiendrons-nous bien ? – Oui, tous deux ;
Mais viens, que le cheval rapide
Nous emporte au festin joyeux !

Lénore se chausse et prend place
Sur la croupe du noir coursier,
De ses mains de lis elle embrasse
Le corps svelte du cavalier…
Hop ! hop ! hop ! ainsi dans la plaine
Toujours le galop redoublait ;
Les amants respiraient à peine,
Et sous eux le chemin brûlait.

Comme ils voyaient, devant, derrière,
À droite, à gauche, s’envole
rSteppes, forêts, champs de bruyère,
Et les cailloux étinceler !
– Hourrah ! hourrah ! la lune est claire,
Les morts vont vite par le frais,
En as-tu peur, des morts, ma chère ?
– Non !… Mais laisse les morts en paix !
– Pourquoi ce bruit, ces chants, ces plaintes,
Ces prêtres ?… – C’est le chant des morts,
Le convoi, les prières saintes ;
Et nous portons en terre un corps.

–Tout se rapproche : enfin la bière
Se montre à l’éclat des flambeaux…
Et les prêtres chantaient derrière
Avec une voix de corbeaux.
– Votre tâche n’est pas pressée,
Vous finirez demain matin ;
Moi j’emmène ma fiancée,
Et je vous invite au festin :
Viens, chantre, que du mariage
L’hymne joyeux nous soit chanté ;
Prêtre, il faut au bout du voyage
Nous unir pour l’éternité !

–Ils obéissent en silence
Au mystérieux cavalier :
– Hourrah ! – Tout le convoi s’élance,
Sur les pas ardents du coursier…
Hop ! hop ! hop ! ainsi dans la plaine
Toujours le galop redoublait ;
Les amants respiraient à peine,
Et sous eux le chemin brûlait.

Ô comme champs, forêts, herbages,
Devant et derrière filaient !
Ô comme villes et villages
À droite, à gauche, s’envolaient !
–Hourrah ! hourrah ! les morts vont vite,
La lune brille sur leurs pas…
En as-tu peur, des morts, petite ?
– Ah ! Wilhelm, ne m’en parle pas !

Tiens, tiens ! aperçois-tu la roue ?
Comme on y court de tous côtés
!Sur l’échafaud on danse, on joue,
Vois-tu ces spectres argentés ?
–Ici, compagnons, je vous prie,
Suivez les pas de mon cheval ;
Bientôt, bientôt je me marie,
Et vous danserez à mon bal.

– Houch ! houch ! houch ! les spectres en foule
À ces mots se sont rapprochés
Avec le bruit du vent qui roule
Dans les feuillages desséchés :
Hop ! hop ! hop ! ainsi dans la plaine
Toujours le galop redoublait ;
Les amants respiraient à peine,
Et sous eux le chemin brûlait.

– Mon cheval ! Mon noir !… Le coq chante,
Mon noir ! Nous arrivons enfin,
Et déjà ma poitrine ardente
Hume le vent frais du matin…
Au but ! au but ! Mon coeur palpite,
Le lit nuptial est ici ;
Au but ! au but ! Les morts vont vite,
Les morts vont vite. Nous voici !

–Une grille en fer les arrête :
Le cavalier frappe trois coups
Avec sa légère baguette.
–Les serrures et les verrous
Craquent… Les deux battants gémissent,
Se retirent. – Ils sont entrés ;
Des tombeaux autour d’eux surgissent
Par la lune blanche éclairés.

Le cavalier près d’une tombe
S’arrête en ce lieu désolé :
–Pièce à pièce son manteau tombe
Comme de l’amadou brûlé…
Hou ! hou !… Voici sa chair encore
Qui s’envole, avec ses cheveux,
Et de tout ce qu’aimait Lénore
Ne laisse qu’un squelette affreux.

Le cheval disparaît en cendre
Avec de longs hennissements…
Du ciel en feu semblent descendre
Des hurlements ! des hurlements !
Lénore entend des cris de plainte
Percer la terre sous ses pas…
Et son coeur, glacé par la crainte,
Flotte de la vie au trépas.

C’est le bal des morts qui commence,
La lune brille… les voici !
Ils se forment en ronde immense,
Puis ils dansent, chantant ceci :
– Dans sa douleur la plus profonde,
Malheur à qui blasphémera !…
–Ce corps vient de mourir au monde…
Dieu sait où l’âme s’en ira !

Wednesday, February 01, 2006

borges: insomnio

De fierro,
de encorvados tirantes de enorme fierro tiene que ser la noche,
para que no la revienten y la desfonden
las muchas cosas que mis abarrotados ojos han visto,
las duras cosas que insoportablemente la pueblan.

Mi cuerpo ha fatigado los niveles, las temperaturas, las luces:
en vagones de largo ferrocarril,
en un banquete de hombres que se aborrecen,
en el filo mellado de los suburbios
en una quinta calurosa de estatuas húmedas,
en la noche repleta donde abundan el caballo y el hombre.

El universo de esta noche tiene la vastedad
del olvido y la precisión de la fiebre.

En vano quiero distraerme de mi cuerpo
y del desvelo de un espejo incesante
que lo prodiga y que lo acecha
y de la casa que repite sus patios
y del mundo que sigue hasta un despedazado arrabal
de callejones donde el viento se cansa y de barro torpe.

En vano espero
las desintegraciones y los símbolos que preceden el sueño.
Sigue la historia universal:
los rumbos minuciosos de la muerte en las caries dentales,
la circulación de mi sangre y de los planetas.

(He odiado el agua crapulosa de un charco,
he aborrecido en el atardecer el canto de un pájaro.)

Las fatigadas leguas incesantes del suburbio del Sur,
leguas de pampa basurera y obscena, leguas de execración.
No se quieren ir del recuerdo.

Lotes anegadizos, ranchos en montón como perros charcos de plata fétida:
soy el aborrecible centinela de esas colocaciones inmóviles.
Alambre, terraplenes, papeles muertos, sobras de Buenos Aires.

Creo esta noche en la terrible inmortalidad:
ningún hombre ha muerto en el tiempo, ninguna mujer, ningún muerto
porque esta inevitable realidad de fierro y de barro
tiene que atravesar la indiferencia de cuantos estén dormidos o muertos
aunque se oculten en la corrupción o en los siglos
y condenarlos a vigilia espantosa.

Toscas nubes color borra de vino infamarán el cielo;
amanecerá en mis párpados apretados.

Tuesday, January 31, 2006

pessoa: intervalo

Antefalhei a vida, porque nem sonhando-a ela me apareceu deleitosa. Chegou até mim o cansaço dos sonhos...Tive ao senti-lo uma sensação externa e falsa, como a de ter chegado ao término de uma estrada infinita. Transbordei de mim não sei pra onde, e aí fiquei estagnado e inútil. Sou qualquer coisa que fui. Não me encontro onde me sinto e se me procuro, não sei quem é que me procura. Um tédio a tudo amolece-me. Sinto-me expulso da minha alma.

Assisto a mim. Presenceio-me. As minhas sensações passam diante de não sei que olhar meu como coisas externas. Aborreço-me de mim em tudo. Todas as coisas são, até às suas raízes de mistério, da cor do meu aborrecimento.

Estavam já murchas as flores que as Horas me entregaram. A minha única acção possível é i-las desfolhando lentamente. E isso é tão complexo de envelhecimentos!

A mínima acção é-me dolorosa como uma heroicidade. O mais pequeno gesto pesa-me no ideá-lo, como se fora uma coisa que eu realmente pensasse em fazer.

Não aspiro a nada. Dói-me a vida. Estou mal onde estou e já mal onde penso em poder estar. O ideal era não ter mais ação do que a ação falsa de um repuxo - subir para cair no mesmo sítio, brilho ao sol sem utilidade nenhuma a fazer som no silêncio da noite para que quem sonhe pense em rios no seu sonho e sorria esquecidamente.

Friday, January 27, 2006

safo por william carlos williams

That man is peer of the gods, who
face to face sits listening
to your sweet speech and lovely
----laughter.

It is this that rouses a tumult
in my breast. At mere sight of you
my voice falters, my tongue
----is broken.

Straightway, a delicate fire runs in
my limbs; my eyes
are blinded and my ears
----thunder.

Sweat pours out: a trembling hunts
me down. I grow
paler than grass and lack little
----of dying.

safo por catulo por byron

Equal to Jove that youth must be
-Greater- than Jove he seems to me
Who, free from Jealousy's alarms,
Securely views thy matchless charms;
That cheek, which ever dimpling glows,
That mouth, from whence such music flows,
To him, alike, are always known,
Reserv'd for him, and him alone.
Ah! Lesbia! though 'tis death to me,
I cannot choose but look on thee;
But, at the sight, my senses fly,
I needs must gaze, but, gazing, die;
Whilst trembling with a thousand fears,
Parch'd to the throat my tongue adheres,
My pulse beats quick, my breath heaves short,
My limbs deny their slight support;
Cold dews my pallid face o'erspread,
With deadly languor droops my head,
My ears with tingling echoes ring,
And Life itself is on the wing;
My eyes refuse the cheering light,
Their orbs are veil'd in starless night:
Such pangs my nature sinks beneath,
And feels a temporary death.

safo por sydney

My muse, what ails this ardour?
Mine eys be dym, my lymbs shake,
My voice is hoarse, my throte scorcht,
My tong to this roofe cleaves,
My fancy amazde, my thoughtes dull’d,
My head doth ake, my life faints
My sowle begins to take leave,
So greate a passion all feele,
To think a soare so deadly
I should so rashly ripp up.

safo por ronsard

[nótese que en ronsard se pierde el ¡otro!]

Je suis un Demidieu quand assis vis-à-vis
De toy, mon cher souci, j’escoute les devis,
Devis entrerompus d’un gracieux soubrire,
Soubris qui me detient le coeur emprisonné;
Car en voyant tes yeux je me pasme estonné,
Et de mes pauvres flancs un seul mot je ne tire.
Ma langue s’engourdist, un petit feu me court
Honteux de sous la peau; je suis muet et sourd,
Et une obscure nuit de sur mes yeux demeure;
Mon sang devient glacé, l’esprit fuit de mon corps,
Je tremble tout de crainte, et peu s’en faut alors
Qu’à tes pieds estendu, sans ame je ne meure.

safo por catulo

Ille mi par esse deo videtur,
ille, si fas est, superare divos,
qui sedens adversus identidem te
spectat et audit

dulce ridentem, misero quod omnis
eripit sensus mihi, nam simul te,
Lesbia, aspexi, nihil est super mi
vocis in ore,

lingua sed torpet, tenuis sub artus
flamma demanat, sonitu suopte
tintinant aures, gemina teguntur
lumina nocte.

Otium, Catulle, tibi molestum est.
Otio exultas nimiumque gestis.
Otium et reges prius et beatas
perdidit urbes.

Thursday, January 19, 2006

arturo ávila: jugada del destino

Porque de algún modo el mensaje dio con un duende,
Porque los precedentes hicieron tropezar tus expectativas,
Porque tu Londres aún era un caleidoscopio
De nombres y lugares
Que cualquier sacudida podría revolver,
Esperabas, equivocada. El autobús del Norte
Vino y se vació, y yo no estaba en él.
Sin importar cuánto insistieras
Y mendigaras al chofer, probablemente con lágrimas,
Que me produjera o recordara haberme visto
Perder el abordaje. Yo no estaba en él.
Las ocho, en la noche, y yo estaba perdido, a lo grande,
En alguna parte de Inglaterra. Contuviste
Tu inspiración confiada
Y no saltaste al tráfico
Dando vueltas en torno de Victoria, cierta
De toparme ahí donde tendría que estar caminando.
Yo no caminaba en parte alguna. Estaba sentado,
Impávido, en mi asiento en el tren
Meciéndome hacia King’s Cross. Alguien,
Más tranquilo que tú, hizo una sugerencia. Así,
Cuando bajé del tren, esperando hallarte
En alguna parte, al final del andén
Vi la ola perturbada, y una figura
Remontando el flujo de pasajeros,
Luego tu rostro fundido, tus ojos fundidos,
Y tus exclamaciones, tus brazos agitándose
Tus lágrimas dispersas
Como si hubiese vuelto de entre los muertos
Contra toda posibilidad, contra
Todo no, salvo tus propias plegarias
A tus propios dioses. Ahí supe qué era
Ser un milagro. Y, tras de ti,
Tu alegre taxista, riendo, como un dios pequeño,
De ver a una yanqui siéndolo tanto,
Y de ver que tu frenético viaje
-Implorando entre sollozos, aguijoneándole y
Rogando con él por que ocurriera lo que tú
Necesitabas que ocurriese-
Concluía tan exitosamente gracias a él.
Y, bueno, era un prodigio
Que mi tren no estuviera ahí antes, aún mucho antes,
Que llegara tarde a la estación, en el momento preciso
En que irrumpías en el andén. Fue natural,
Y milagroso, y un presagio
Confirmando cuanto
Deseabas confirmado. Así, tu desesperación inmensa,
Tu pánico que atravesaba Londres
Y ahora tu triunfo, cayeron sobre mí,
Como amor cuarentainueve veces agrandado
Como el trueno prístino de las nubes lluviosas
Inundando la sequía de agosto
Cuando toda la tierra cuarteada parece
Estremecerse,
Y todas las hojas tiemblan
Y todo, llorando, extiende sus brazos hacia lo alto.

Monday, January 16, 2006

hughes: fate playing

Because the message somehow met a goblin,
Because precedents tripped your expectations,
Because your London was still a kaleidoscope
Of names and places any jolt could scramble,
You waited, mistaken. The bus from the North
Came in and emptied and I was not on it.
No matter how much you insisted
And begged the driver, probably with tears,
To produce me or to remember seeing me
Just missing getting on. I was not on it.
Eight in the evening and I was lost and at large
Somewhere in England. You restrained
Your confident inspiration
And did not dash out into the traffic
Milling around Victoria, utterly certain
Of bumping into me where I would have to be walking.
I was not walking anywhere. I was sitting,
Unperturbed, in my seat on the train
Rocking towards King’s Cross. Somebody,
Calmer than you, had a suggestion. So,
When I got off the train, expecting to find you
Somewhere down at the root of the platform,
I saw the surge and agitation, a figure
Breasting the flow of released passengers,
Then your molten face, your molten eyes,
And your exclamations, your flinging arms
Your scattering tears
As if I had come back from the dead
Against every possibility, against
Every negative but your own prayer
To your own gods. There I knew what it was
To be a miracle. And behind you
Your jolly taxi-driver, laughing, like a small god,
To see an American gril being so American,
And to see your frenzied chariot-ride –
Sobbing and goading him, and pleading with him
To make happen what you needed to happen –
Succeed so completely, thanks to him.
Well, it was a wonder
That my train was not earlier, even much earlier,
That it pulled in, late, the very moment
You irrupted into the platform. It was
Natural and miraculous and an omen
Confirming everything
You wanted confirmed. So your huge despair,
Your cross-London panic dash
And now your triumph, splashed over me,
Like love forty-nine times magnified,
Like the first thunder cloudburst engulfing
The draught in August
When the whole cracked earth seems to quake
And every leaf trembles
And everything holds up its arms weeping.

Wednesday, January 11, 2006

alonmini

penna: dos poemas

I
Malinconia d'amore, dove resta
bianco il sorriso del fanciullo come
un ultimo gabbiano alla tempesta.

II
"Poeta esclusivo d'amore"
m'hanno chiamato. E forse era vero.
Ma il vento qui sull'erba ed i rumori
della città lontana
non sono anch'essi amore?
Sotto nuvole calde
non sono ancora i suoni
di un amore che arde
e più non si allontana?

Tuesday, January 10, 2006

blogs of note

Rochillito. Obviamente.

Tlacuiloco. Viñetas en caída libre; arlequines que juegan con constelaciones; Eliot a través del espejo; gatos y ojalá, algún día, perros.

Pinche Everett vino a cenar (y desayunar) de Pollo Rosa. Para aficionados a los días lluviosos, las rosquillas, que la gente haga fila, las fems, las pelotitas de las máquinas dispensadoras. Ah, y los Simpson. (A mí no me pregunten qué diablos quiere decir el nombre de este blog, el único y verdadero sal de uvas.)

Taedium Vitae. No ha posteado como en tres meses pero sigue siendo inigualablemente pasado de lanza y divertido.

O jardim das delícias. Una voz dulce, instantánea, que (mejor todavía) está en portugués.

Tristeza global. Michelle on the Road postea cada corpus, pero suele ser ponedoramente azotada.

El espacio poético de Charp. Cuando quiere, puede ejercer una imaginación desaforada en una ciudad de México onírica. De repente, también, da con un gran verso.

El blog más piñata, de Davidson. A veces es para léperos y guarros; a veces para melómanos villamelones o de veras. Es mejor cuando es para solitarios y jodidos. Ojalá cada semana cortaran a mr Davidson.

Monique. Dramas, desamor, encuentros nocturnos que incluyen drogas y cierto cool condesero.

La pausa inútil. Cine y música y, a veces, una búsqueda lenta, meditabunda, dentro del corazón de sí mismo. Lo acaban de remodelar: hay que darle tiempo.

Bitter Berri. La hermana cruel de Vestar: bilis, flemas, jugos gástricos: puro amargo retrogusto.

Srita Masturbación. A veces cumple la promesa: más cabrona que un pitbull.

Oh mama, can this really be the end? El puro nombre dylaniano ya valdría la visita. Está en inglés.

El país de octubre. Divertidísimo a veces (un ejemplo ya clásico), otras no tanto. Hay que echarle el ojo.

Sangüich de triangulito, pero sin orillas. El blog de Guhz no es comestible, pero debería serlo.

Sonetería El Estrambote. Una curiosidad, por decir lo mínimo. Sonetos de todo: de los tsunamis, del blogueo, del deseo:

Quisiera terminar este trasiego
de vodka, chicharrón y carne humana
y ver a la lechuga como hermana
con los ojos en blanco de borrego.

La tradición clásica de Gabriel Laguna. Un blog minucioso, amabilísimo, de curaduría impecable. Para aficionados al latín, al griego, a la lenta y bella transformación de las palabras. Es decir, para ñoños.

The language log. El mejor blog de lenguaje: lingüistas aceleradísimos, experimentos y una capacidad/necedad total para poner en su lugar a quien se deje. Está en inglés.

Doves at dawn. Hilda Domínguez traduce, expone, anota, escribe. Poesía difícil o transparente, propia o ajena.

Blogderground de Vicadín. El lado más sabrosamente vergonzoso de la ciudad de México, visto con una lente irónica o sorprendida.

Espectro de Brocken de J. Ledesma. Hay cosas que todos llevamos dentro: un asesino, un loco, un adicto a las drogas. Espectro, probablemente el sitio más cuidado alrededor de Thomas de Quincey (bueno, tampoco hay tantos), puede sacar a cualquiera de los tres al aire libre. Un blog para dejarse llevar.

L'Atelier de Vida. Tardó un poco en arrancar pero ya está buenísimo: cocina desprejuiciada, atrevida. Dan ganas de irse a vivir al atelier.

Ivaginaria de Elia. Reproducimos aquello que los Tres Cochinitos ya escribieron sobre ella:

“Me gusta abrir la boca frente a un pito
mientras espero al güey que se pajea.
Así mero le haré cuando te vea.”
No enviarás lujurioso mensajito
---–dice de Jehová la sabia ley,
y no dice en vano, niña ivaginaria,
pues ¿qué hago con mi urgencia tumultuaria?,
¿cojo un avión y vuelo a Monterrey?,
---¿me quedo en la ciudad idiotizado
a ver a qué hora mandas un mensaje?,
¿me meto alcohol y coca en plan salvaje
a ver si Dios me quita lo bailado?
---¡Qué calentura y qué pinche deseo!
Voy a poner mi cel en un museo.

Si no la visitas (pantalones abajo o falda arriba, según tu preferencia), tú te la pierdes.

Thursday, January 05, 2006

favio: simplemente

Hoy corté una flor, y llovía y llovía,
esperando a mi amor, y llovía y llovía,
presurosa la gente, pasaba, corría
y desierta quedó la ciudad pues llovía,
yo me puse a pensar tantas cosas bonitas
como el día en la playa cuando te conocía
como jugaba el viento con tu pelo de niña
y que suerte, que suerte, tu mirada en la mía.

Cuando llegues mi amor, te diré tantas cosas
quizás simplemente te regale una rosa,
Porque yo corté una flor, y llovía y llovía,
esperando a mi amor, y llovía, y llovía
que me alegre tu canto, que me alegre tu risa
que me alegre en silencio tu mirada y la mía.

Nos iremos charlando por las calles vacías
nos iremos besando por las calles vacías.
Y yo te iré contando tantas cosas bonitas
como el día en la playa cuando te conocía
cómo jugaba el viento con tu pelo de niña
y que suerte, que suerte, tu mirada en la mía.

Cuando llegues mi amor, te diré tantas cosas
o quizás simplemente te regale una rosa,
o quizás simplemente te regale una rosa,
o quizás simplemente te regale una rosa,
nos iremos charlando por las calles vacías
nos iremos besando por las calles vacías.

Y yo te iré contando...

Tuesday, January 03, 2006

fottiamci por l.a. de villena

“Jodamos, alma mía, jodamos enseguida
pues todos para joder hemos nacido;
que la polla te gusta y amo el chocho
y el mundo sin eso ni una figa valdría.

Y si post mortem joder fuese aún honesto,
diría: de tanto joder nos moriríamos;
y además Adán y Eva aún joderían,
que hallaron un morir tan deshonesto.”

“Verdad es lo que dices, que si los bribones
no comieran de aquel fruto traicionero
ardencia los amantes no tendrían.

Mas basten ya palabrerías, y hasta el corazón
clava la polla, y haz que el alma se
me parta, que por la polla muere o está viva;

y si posible fuera,
guárdame en el chocho los cojones
que del placer son testigos de primera.”

Monday, December 26, 2005

Saturday, December 24, 2005

juana: hombres necios

[Arguye de inconsecuentes el gusto y la censura de los hombres que en las mujeres acusan lo que causan]

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
,y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Queréis con presunción neci
ahallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que falta de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que con desigual nivel
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,s
i la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?

Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos enhorabuena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada,
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?

Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar
y después con más razón
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

sor juana

Tuesday, December 20, 2005

yourcenar: sept poèmes (iv)

Vous ne saurez jamais que votre âme voyage
comme au fond de mon coeur un doux coeur adopté;
et que rien, ni le temps, d'autres amours, ni l'âge
N'empêcheront jamais que vous ayez été.

Que la beauté du monde a pris votre visage,
vit de votre douceur, luit de votre clarté,
et que ce lac pensif au fond du paysage
me redit seulement votre serenité.

Vous ne saurez jamais que j'emporte votre âme
comme une lampe d'or qui m'éclaire en marchant;
qu'un peu de votre voix a passé dans mon chant.

Doux flambeau, vos rayons, doux braiser, votre flamme,
m'instruisent des sentiers que vous avez suivis,
et vous vivez un peu puis que je vous survis.

Tuesday, December 13, 2005

reposo

Monday, December 12, 2005

borges: mateo xxv, 30

El primer puente de Constitución y a mis pies
Fragor de trenes que tejían laberintos de hierro.
Humo y silbidos escalaban la noche,
Que de golpe fue el Juicio Universal. Desde el invisible horizonte
Y desde el centro de mi ser, una voz infinita
Dijo estas cosas (estas cosas, no estas palabras,
Que son mi pobre traducción temporal de una sola palabra):
- Estrellas, pan, bibliotecas orientales y occidentales,
Naipes, tableros de ajedrez, galerías, claraboyas y sótanos,
Un cuerpo humano para andar por la tierra,
Uñas que crecen en la noche, en la muerte,
Sombra que olvida, atareados espejos que multiplican,
Declives de la música, la más dócil de las formas del tiempo,
Fronteras del Brasil y del Uruguay, caballos y mañanas,
Una pesa de bronce y un ejemplar de la Saga de Grettir,
Álgebra y fuego, la carga de Junín en tu sangre,
Días más populosos que Balzac, el olor de la madreselva,
Amor y víspera de amor y recuerdos intolerables,
El sueño como un tesoro enterrado, el dadivoso azar
Y la memoria, que el hombre no mira sin vértigo,
Todo eso te fue dado, y también
El antiguo alimento de los héroes:
La falsía, la derrota, la humillación.
En vano te hemos prodigado el océano,
En vano el sol, que vieron los maravillados ojos de Whitman;
Has gastado los años y te han gastado,
Y todavía no has escrito el poema.

Tuesday, December 06, 2005

diplomados

Thursday, December 01, 2005

verlaine: il pleut doucement sur la ville

Il pleure dans mon coeur
Comme il pleut sur la ville,
Quelle est cette langueur
Qui penetre mon coeur?

O bruit doux de la pluie
Par terre et sur les toits!
Pour un coeur qui s'ennuie,
O le chant de la pluie!

Il pleure sans raison
Dans ce coeur qui s'ecoeure.
Quoi! nulle trahison?
Ce deuil est sans raison.

C'est bien la pire peine
De ne savoir pourquoi,
Sans amour et sans haine,
Mon coeur a tant de peine!

pessoa: cai chuva do céu cinzento

Cai chuva do céu cinzento
Que não tem razão de ser.
Até o meu pensamento
Tem chuva nele a escorrer.

Tenho uma grande tristeza
Acrescentada à que sinto.
Quero dizer-ma mas pesa
O quanto comigo minto.

Porque verdadeiramente
Não sei se estou triste ou não,
E a chuva cai levemente
(Porque Verlaine consente)
Dentro do meu coração.

lópez velarde: tierra mojada

Tierra mojada de las tardes líquidas
en que la lluvia cuchichea
y en que se reblandecen las señoritas, bajo
el redoble del agua en la azotea...

Tierra mojada de las tardes olfativas
en que un afán misántropo remonta las lascivas
soledades del éter, y en ellas se desposa
con la ulterior paloma de Noé;
mientras se obstina el tableteo
del rayo, por la nube cenagosa...

Tarde mojada, de habitos labriegos,
en la cual reconozco estar hecho de barro,
porque en sus llantos veraniegos,
bajo el auspicio de la media luz,
el alma se licúa sobre los clavos
de su cruz...

Tardes en que el teléfono pregunta
por consabidas náyades arteras,
que salen del baño al amor
a volcar en el lecho las fatuas cabelleras
y a balbucir, con alevosía y con ventaja,
humedos y anhelantes monosílabos,
según que la llovizna acosa las vidrieras...

Tardes como una alcoba submarina
con su lecho y su tina;
tardes en que envejece una doncella
ante el brasero exhausto de su casa,
esperando a un galán que le lleve una brasa;
tardes en que descienden
los ángeles, a arar surcos derechos
en edificantes barbechos;
tardes de rogativa y de cirio pascual;
tardes en que el chubasco
me induce a enardecer a cada una
de las doncellas frígidas con la brasa oportuna;
tardes en que, oxidada
la voluntad, me siento
acólito del alcanfor,
un poco pez espada
y un poco San Isidro Labrador...

tablada: en otoño

La lluvia obstinada y fría
de aquella tarde brumosa,
¡desbarató muchos nidos
y deshojó muchas rosas!

Allá en la desierta sala
frente a la ventana gótica,
los dos solos. Él callado;
ella pálida y tediosa
finge desdén, y sus ojos
están tristes y no lloran,
y las crueles palabras
que de su garganta brotan
quieren vibrar y acarician,
quieren herir y sollozan...
La falta es nube de estío
y las nubes se evaporan
cuando surge el sol radiante;
pero ella piensa orgullosa:
¡Cuando al corazón lastiman
las faltas no se perdonan!
Él medita que al agravio
las rodillas no se doblan,
y ambos callan pensativos
frente a la ventana gótica...
¿Por qué no arrojan la máscara
si al cabo los ojos lloran?
¿Por qué enmudecen los labios
si las almas están rotas?

¡Ay, en vano los recuerdos
tienden el ala y remontan
los horizontes azules
de las horas venturosas!
En vano recuerda ella
el despertar en la alcoba,
cuando de la serenata
se desprendían las notas
¡y sobre del blanco alféizar,
aparecía en la sombra
una mano que se alzaba
con un puñado de rosas!
En vano el galán medita
en las palabras ansiosas,
en la frente pensativa
y en los besos de su novia.

Los recuerdos vuelven tristes
con las alas temblorosas,
y ateridos se acurrucan
otra vez en la memoria...
¡Ella firme piensa en que
las faltas no se perdonan,
y él se obstina en que al agravio
las rodillas no se doblan!
Mientras, en alas del viento
las hojas secas sollozan
por esa lluvia que sigue
cayendo en la noche umbrosa,
¡desbaratando los nidos
y deshojando las rosas!

lópez velarde: hoy como nunca

Hoy como nunca, me enamoras y me entristeces;
si queda en mí una lágrima, yo la excito a que lave
nuestras dos lobregueces.

Hoy, como nunca, urge que tu paz me presida;
pero ya tu garganta solo es una sufrida
blancura, que se asfixia bajo toses y toses,
y toda tú una epístola de rasgos moribundos
colmada de dramáticos adioses.

Hoy, como nunca, es venerable tu esencia
y quebradizo el vaso de tu cuerpo,
y sólo puedes darme la exquisita dolencia
de un reloj de agonías, cuyo tic-tac nos marca
el minuto de hielo en que los pies que amamos
han de pisar el hielo de la fúnebre barca.

Yo estoy en la ribera y te miro embarcarte:
huyes por el río sordo, y en mi alma destilas
el clima de esas tardes de ventisca y de polvo
en las que doblan solas las esquilas.

Mi espíritu es un paño de ánimas, un paño
de ánimas de iglesia siempre menesterosa;
es un paño de ánimas goteado de cera,
hollado y roto por la grey astrosa.

No soy más que una nave de parroquia en penuria,
nave en que se celebran eternos funerales,
porque una lluvia terca no permite
sacar el ataúd a las calles rurales.

Fuera de mí, la lluvia; dentro de mí, el clamor
cavernoso y creciente de un salmista;
mi conciencia, mojada por el hisopo, es un
ciprés que en una huerta conventual se contrista.

Ya mi lluvia es diluvio, y no miraré el rayo
del sol sobre mi arca, porque ha de quedar roto
mi corazón la noche cuadragésima;
no guardan mis pupilas ni un matiz remoto
de la lumbre solar que tostó mis espigas;
mi vida es solo una prolongación de exequias
bajo las cataratas enemigas.

borges: la lluvia

Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobrado
el tiempo en que la suerte venturosa
le reveló una flor llamada rosa
y el curioso color del colorado.

Esta lluvia que ciega los cristales
alegrará en perdidos arrabales
las negras uvas de una parra en cierto
patio que ya no existe. La mojada
tarde me trae la voz, la voz deseada,
de mi padre que vuelve y que no ha muerto.

paz: piedra de sol (frag. 2)

voy por tu cuerpo como por el mundo,
tu vientre es una plaza soleada,
tus pechos dos iglesias donde oficia
la sangre sus misterios paralelos,
mis miradas te cubren como yedra,
eres una ciudad que el mar asedia,
una muralla que la luz divide
en dos mitades de color durazno,
un paraje de sal, rocas y pájaros
bajo la ley del mediodía absorto,

vestida del color de mis deseos
como mi pensamiento vas desnuda,
voy por tus ojos como por el agua,
los tigres beben sueño en esos ojos,
el colibrí se quema en esas llamas,
voy por tu frente como por la luna,
como la nube por tu pensamiento,
voy por tu vientre como por tus sueños,

tu falda de maíz ondula y canta,
tu falda de cristal, tu falda de agua,
tus labios, tus cabellos, tus miradas,
toda la noche llueves, todo el día
abres mi pecho con tus dedos de agua,
cierras mis ojos con tu boca de agua,
sobre mis huesos llueves, en mi pecho
hunde raíces de agua un árbol líquido,

voy por tu talle como por un río,
voy por tu cuerpo como por un bosque,
como por un sendero en la montaña
que en un abismo brusco se termina,
voy por tus pensamientos afilados
y a la salida de tu blanca frente
mi sombra despeñada se destroza,
recojo mis fragmentos uno a uno
y prosigo sin cuerpo, busco a tientas,

borges: el inmortal

Salomon saith. There is no new thing upon the earth. So that as Plato had and imagination, that all knowledge was but remembrance; so Salomon giveth his sentence, that all novelty is but oblivion.

FRANCIS BACON: Essays LVIII.

En Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario Joseph Carthapilus, de Esmirna, ofreció a la princesa de Lucinge los seis volúmenes en cuarto menor (1715-1720) de la Ilíada de Pope. La princesa los adquirió; al recibirlos, cambió unas palabras con él. Era, nos dice, un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos. Se manejaba con fluidez e ignorancia en diversas lenguas; en muy pocos minutos pasó del francés al inglés y de inglés a una conjunción enigmática de español de Salónica y de portugués de Macao. En octubre, la princesa oyó por un pasajero del Zeus que Cartaphilus había muerto en el mar, al regresar a Esmirna, y que lo habían enterrado en la isla de Ios. En el último tomo de la Ilíada halló éste manuscrito.


El original está redactado en inglés y abunda en latinismos. La versión que ofrecemos es literal.

I
Que yo recuerde, mis trabajos comenzaron en un jardín de Tebas Hekatómpylos, cuando Diocleciano era emperador. Yo había militado (sin gloria) en las recientes guerras egipcias, yo era tribuno de una legión que estuvo acuartelada en Berenice, frente al Mar Rojo: la fiebre y la magia consumieron a muchos hombres que codiciaban magnánimos el acero. Los mauritanos fueron vencidos; la tierra que antes ocuparon las ciudades rebeldes fue dedicada eternamente a los dioses plutónicos; Alejandría, debelada, imploró en vano la misericordia del César; antes de un año las legiones reportaron el triunfo, pero yo logré apenas divisar el rostro de Marte. Esa privación me dolió y fue tal vez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales.

Mis trabajos empezaron, he referido, en un jardín de Tebas. Toda esa noche no dormí, pues algo estaba combatiendo en mi corazón. Me levanté poco antes del alba; mis esclavos dormían, la Luna tenía el mismo color de la infinita arena. Un jinete rendido y ensangrentado venía del Oriente. A unos pasos de mí, rodó del caballo. Con una tenue voz insaciable me preguntó en latín el nombre del río que bañaba los muros de la ciudad. Le respndí que era el Egipto, que alimentan las lluvias. Otro es el río que persigo, replicó tristemente, el río secreto que purifica de la muerte a los hombres. Oscura sangre le manaba del pecho. Me dijo que su patria era una montaña que está del otro lado del Ganges y que en esa montaña era fama que si alguien caminara hasta el Occidente, donde se acaba el mundo, llegaría al río cuyas aguas dan la inmortalidad. Agregó que en la margen ulterior se eleva la Ciudad de los Inmortales, ricas en baluartes y anfiteatros y templos. Antes de la aurora murió, pero yo determiné descubrir la ciudad y su río. Interrogados por el verdugo, algunos prisioneros mauritanos confirmaron la relación del viajero; alguien recordó la llanura elísea, en el término de la tierra, donde la vida de los hombres es perdurable; alguien, las cumbres donde nace el Pactolo, cuyos moradores viven un siglo. En Roma, conversé con filósofos que sintieron que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes. Ignoro si creí alguna vez en la Ciudad de los Inmortales: pienso que entonces me bastó la tarea de buscarla. Flavio, procónsul de Getulia, me entregó doscientos soldados para la empresa. También recluté mercenarios, que se dijeron conocedores de los caminos y que fueron los primeros en desertar.

Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable el recuerdo de nuestras primeras jornadas. Partimos de Arsinoe y entramos en el abrasado desierto. Atravesamos el país de los trogloditas, que devoran serpientes y carecen del comercio de la palabra; el de los garamantes, que tienen mujeres en común y se nutren de Leones; el de los augilas, que sólo veneran el Tártaro. Fatigamos otros desiertos, donde es negra la arena, donde el viajero debe usurpar las horas de la noche, pues el fervor del día es intolerable. De lejos divisé la montaña que dio nombre al Océano: en sus laderas crece el euforbio, que anula los venenos; en la cumbre habitan los sátiros, nación de hombres ferales y rústicos, inclinados a la lujuria. Que en esas regiones bárbaras, donde la tierra es madre de monstruos, pudieran albergar en su seno una ciudad famosa, a todos nos pareció inconcebible. Proseguimos la marcha, pues hubiera sido una afrenta retroceder. Algunos temerarios durmieron con la cara expuesta a la Luna; la fiebre los ardió; en el agua depravada de las cisternas, otros bebieron la locura y la muerte. Entonces comenzaron las deserciones; muy poco después, los motines.Para reprimirlos, no vacilé ante el ejercicio de la severidad. Procedí rectamente, pero un centurión me advirtió que los sediciosos (ávidos de vengar la crucifixión de uno de ellos) maquinaban mi muerte. Hui del campamento, con los pocos soldados que me eran fieles. En el desierto los perdí, entre los remolinos de arena y la vasta noche. Una flecha cretense me laceró. Varios días erré sin encontrar agua, o un solo enorme día multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed. Dejé el camino al arbitrio de mi caballo. En en alba, la lejanía se erizó de pirámides y de torres. Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo.

II
Al desenredarme por fin de esa pesadilla, me vi tirado y maniatado en un oblongo nicho de piedra, no mayor que una sepultura común, superficialmente excavado en el agrio declive de una montaña. Los lados eran húmedos, antes pulidos por el tiempo que por la industria. Sentí en el pecho un doloroso latido, sentí que me abrasaba la sed. Me asomé y grité débilmente. Al pie de la montaña se dilataba sin rumor un arroyo impuro, entorpecido por escombros y arena; en la opuesta margen resplandecía (bajo el último sol o bajo el primero) la evidente Ciudad de los Inmortales. Vi muros, arcos, frontispicios y foros: el fundamento era una meseta de piedra. Un centenar de nichos irregulares, análogos al mío, surcaban la montaña y el valle. En la arena había pozos de poca hondura; de esos mezquinos agujeros (y de los nichos) emergían hombres de piel gris, de barba negligente, desnudos. Creí reconocerlos: pertenecían a la estirpe bestial de los trogloditas, que infestan las riberas del golfo Arábigo y las grutas etiópicas; no me maravillé de que no hablaran y de que devoraran serpientes.

La urgencia de la sed me hizo temerario. Consideré que estaba a unos treinta pies de la arena; me tiré, cerrados los ojos, atadas a la espalda las manos, montaña abajo. Hundí la cara ensangrentada en el agua oscura. Bebí como se abrevan los animales. Antes de perderme otra vez en el sueño y en los delirios, inexplicablemente repetí unas palabras griegas: los ricos teucros de Zelea que beben el agua negra del Esepo...

No sé cuántos días y noches rodaron sobre mí. Doloroso, incapaz de recuperar el abrigo de las cavernas, desnudo en la ignorada arena, dejé que la Luna y el Sol jugaran con mi aciago destino. Los trogloditas, infantiles en la barbarie, no me ayudaron a sobrevivir o a morir. En vano les rogué que me dieran muerte. Un día, con el filo de un pedernal rompí mis ligaduras. Otro, me levanté y pude mendigar o robar - yo, Marco Flaminio Rufo, tribuno militar de una de las legiones de Roma - mi primera detestada ración de carne de serpiente.

La codicia de ver a los Inmortales, de tocar la sobrehumana Ciudad, casi me vedaba dormir. Como si penetraran mi propósito, no dormían tampoco los trogloditas: al principio inferí que me vigilaban; luego, que se habían contagiado de mi inquietud, como podrían contagiarse los perros. Para alejarme de la bárbara aldea elegí la más pública de las horas, la declinación de la tarde, cuando casi todos los hombres emergen de las grietas y de los pozos y miran el Poniente, sin verlo. Oré en voz alta, menos para suplicar el favor divino que para intimidar a la tribu con palabras articuladas. Atravesé el arroyo que los médanos entorpecen y me dirigí a la Ciudad. Confusamente me siguieron dos o tres hombres. Eran (como los otro de ese linaje) de menguada estatura; no inspiraban temor, sino repulsión. Debí rodear algunas hondonadas irregulares que me parecieron canteras; ofuscado por la grandeza de la Ciudad, yo la había creído cercana. Hacia la medianoche, pisé, erizada de formas idolátricas en la arena amarilla, la negra sombra de sus muros. Me detuvo una especie de horror sagrado. Tan abominadas del hombre son la novedad y el desierto, que me alegré de que uno de los trogloditas me hubiera acompañado hasta el fin. Cerré los ojos y aguardé (sin dormir) que relumbrara el día.

He dicho que la Ciudad estaba fundada sobre una meseta de piedra. Esta meseta comparable a un acantilado no era menos ardua que sus muros. En vano fatigué mis pasos: el negro basamento no descubría la menor irregularidad, los muros invariables no parecían consentir una sola puerta. La fuerza del día hizo que yo me refugiara en una caverna; en el fondo había un pozo, en el pozo una escalera que se abismaba hacia la tiniebla inferior. Bajé; por un caos de sórdidas galerías llegué a una vasta cámara circular, apenas visible. Había nueve puertas en aquel sótano; ocho daban a un laberinto que falazmente desembocaba en la misma cámara; la novena (a través de otro laberinto) daba a una segunda cámara circular, igual a la primera. Ignoro el número total de las cámaras; mi desventura y mi ansiedad las multiplicaron. El silencio era hostil y casi perfecto; otro rumor no había en esas profundas redes de piedra que un viento subterráneo, cuya causa no descubrí; sin ruido se perdían entre las grietas hilos de agua herrumbrada. Horriblemente me habitué a ese dudoso mundo; consideré increíble que pudiera existir otra cosa que sótanos provistos de nueve puertas y que sótanos largos que se bifurcan. Ignoro el tiempo que debí caminar bajo tierra; sé que alguna vez confundí, en la misma nostalgia, la atroz idea de los bárbaros y mi ciudad natal, entre los racimos.

En el fondo de un corredor, un no provisto muro me cerró el paso, una remota luz cayó sobre mí. Alcé los ofuscados ojos: en lo vertiginoso, en lo altísimo, vi un círculo de luz tan azul que pudo parecerme púrpura. Unos peldaños de metal escalaban el muro. La fatiga me relajaba, pero subí, sólo deteniéndome a veces para torpemente sollozar de felicidad. Fui divisando capiteles y astrálagos, frontones triangulares y bóvedas, confusas pompas del granito y del mármol. Así me fue deparado ascender de la ciega región de negros laberintos entretejidos a la resplandeciente Ciudad.

Emergí a una suerte de plazoleta; mejor dicho, de patio. Lo rodeaba un solo edificio de forma irregular y altura variable; a ese edificio heterogéneo pertenecían las diversas cúpulas y columnas. Antes que ningún otro rasgo de ese monumento increíble, me suspendió lo antiquísimo de su fábrica. Sentí que era anterior a los hombres, anterior a la Tierra. Esa notoria antigüedad (aunque terrible de algún modo para los ojos) me pareció adecuada al trabajo de obreros inmortales. Cautelosamente al principio, con indiferencia después, con desesperación al fin, erré por escaleras y pavimentos del inextricable palacio. (Después averigüé que eran inconstantes la extensión y la altura de los peldaños, hecho que me hizo comprender la singular fatiga que me infundieron.) Este palacio es fábrica de los dioses, pensé primeramente. Exploré los inhabitados recintos y corregí: Los dioses que lo edificaron han muerto. Noté sus peculiaridades y dije: Los dioses que lo edificaron estaban locos. Lo dije, bien lo sé, con una incomprensible reprobación, que era casi un remordimiento, con más horror intelectual que miedo sensible. A la impresión de enorme antigüedad se agregaron otras: la de lo interminable, la de lo atroz, la de los complejamente insensato. Yo había cruzado un laberinto, pero la nítida Ciudad de los Inmortales me atemorizó y repugnó. Un laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres; su arquitectura, pródiga en simetrías, está subordinada a ese fin. En el palacio que imperfectamente exploré, la arquitectura carecía de fin. Abundaban el corredor sin salida, la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que daba a una celda o a un pozo, las increíbles escaleras inversas, con los peldaños y balaustrada hacia abajo. Otras, adheridas aéreamente al costado de un muro monumental, morían sin llegar a ninguna parte, al cabo de dos o tres giros,en la tiniebla superior de las cúpulas. Ignoro si todos los ejemplos que he enumerado son literales; sé que durante muchos años infestaron mis pesadillas; no puedo saber ya si tal o cual rasgo es una transcripción de la realidad o de las formas que desatinaron mis noches. Esta Ciudad (pensé) es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz. No quiero describirla; un caos de palabras heterogéneas, un cuerpo de tigre o de toro, en el que pulularan monstruosamente, conjugados y odiándose, dientes, órganos y cabezas, pueden (tal vez) ser imágenes aproximativas.

No recuerdo las etapas de mi regreso, entre los polvorientos y húmedos hipogeos. Únicamente sé que no me abandonaba el temor de que, al salir del último laberinto, me rodeara otra vez la nefanda Ciudad de los Inmortales. Nada más puedo recordar. Ese olvido, ahora insuperable, fue quizá voluntario; quizá las circunstancias de mi evasión fueron tan ingratas que, en algún día no menos olvidado también, he jurado olvidarlas.

III
Quienes hayan leído con atención el relato de mis trabajos, recordarán que un hombre de la tribu me siguió como un perro podría seguirme, hasta la sombra irregular de los muros. Cuando salí del último sótano, lo encontré en la boca de la caverna. Estaba tirado en la arena, donde trazaba torpemente y borraba una hilera de signos, que eran como letras de los sueños, que uno está a punto de entender y luego se juntan. Al principio, creí que se trataba de una escritura bárbara; después vi que es absurdo imaginar que hombres que no llegaron a la palabra lleguen a la escritura. Además, ninguna de las formas era igual a otra, lo cual excluía o alejaba la posibilidad de que fueran simbólicas. El hombre las trazaba, las miraba y las corregía. De golpe, como si le fastidiara ese juego, las borró con la palma y el antebrazo. Me miró, no pareció reconocerme. Sin embargo, tan grande era el alivio que me inundaba (o tan grande y medrosa mi soledad) que di en pensar que ese rudimental troglodita, que me miraba desde el suelo de la caverna, había estado esperándome. El Sol caldeaba la llanura; cuando emprendimos el viaje de regreso a la aldea, bajo las primeras estrellas, la arena era ardorosa bajo los pies. El troglodita me precedió; esa noche concebí el propósito de enseñarle a reconocer, y acaso a repetir, algunas palabras. El perro y el caballo (reflexioné) son capaces de lo primero; muchas aves, como el ruiseñor de los Césares, de lo último. Por muy basto que fuera el entendimiento de un hombre, siempre sería superior al de los irracionales.

La humildad y miseria el troglodita me trajeron a la memoria la imagen de Argos, el viejo perro moribundo de la Odisea, y así le puse el nombre de Argos y traté de enseñárselo. Fracasé y volví a fracasar. Los arbitrios, el rigor y la obstinaión fueron del todo vanos. Inmóvil, con los ojos inertes, no parecía percibir los sonidos que yo procuraba inculcarle. A unos pasos de mí, era como si estuviera muy lejos. Echado en la arena, como una pequeña y ruinosa esfinge de lava, dejaba que sobre él giraran los cielos, desde el crepúsculo del día hasta el de la noche. Juzgué imposible que no se percatara de mi propósito. Recordé que es fama entre los etíopes que los monos deliberadamente no hablan para que no los obliguen a trabajar y atribuí a suspicacia o a temor el silencio de Argos. De esa imaginación pasé a otras, aún más extravagantes. Pensé que Argos y yo participábamos de universos distintos; pensé que nuestras percepciones eran iguales, pero que Argos las combinaba de otra manera y construía con ellas otros objetos; pensé que acaso no había objetos para él, sino un vertiginoso y continuo juego de impresiones brevísimas. Pensé en un mundo sin memoria, sin tiempo, consideré la posibilidad de un lenguaje que ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos impersonales o de indeclinables epítetos. Así fueron muriendo los días y con los días los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió, con lentitud poderosa.

Las noches del desierto pueden ser frías, pero aquélla había sido un fuego. Soñé que un río de Tesalia (a cuyas aguas yo había restituido un pez de oro) venía a rescatarme; sobre la roja arena y la negra piedra yo lo oía acercarse; la frescura del aire y el rumor atareado de la lluvia me despertaron. Corrí desnudo a recibirla. Declinaba la noche; bajo las nubes amarillas la tribu, no menos dichosa que yo, se ofrecía a los vívios aguaceros en una especie de éxtasis. Parecían coribantes a quienes posee la divinidad. Argos, puestos los ojos en la esfera, gemía; raudales le rodaban por la cara; no sólo de agua, sino (después lo supe) de lágrimas. Argos, le grité, Argos.
Entonces, con mansa admiración, como si descubriera una cosa perdida y olvidada hace mucho tiempo, Argos balbuceó estas palabras: Argos, perro de Ulises. Y después, también sin mirarme: Este perro tirado en el estiércol.


Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real. Le pregunté qué sabía de la Odisea. La práctica del griego le era penosa; tuve que repetir la pregunta.
Muy poco, dijo. Menos que el rapsoda más pobre. Ya habrán pasado mil cien años desde que la inventé.

IV
Todo me fue dilucidado aquel día. Los trogloditas eran los Inmortales; el riacho de aguas arenosas, el Río que buscaba el jinete. En cuanto a la ciudad cuyo nombre se había dilatado hasta el Ganges, nueve siglos haría que los Inmortales la habían asolado. Con las reliquias de su ruina erigieron, en el mismo lugar, la desatinada ciudad que yo recorrí: suerte de parodia o reverso y también templo de los dioses irracionales que manejan el mundo y de los que nada sabemos, salvo que no se parecen al hombre. Aquella fundación fue el último símbolo a que condescendieron los Inmortales; marca una etapa en que, juzgando que toda empresa es vana, determinaron vivir en el pensamiento, en la pura especulación. Erigieron la fábrica, la olvidaron y fueron a morar en las cuevas. Absortos, casi no percibían el mundo físico.

Esas cosas Homero las refirió, como quien habla con un niño. También me refirió su vejez y el postrer viaje que emprendió, movido, como Ulises, por el propósito de llegar a los hombres que no saben lo que es el mar ni comen carne sazonada con sal ni sospechan lo que es un remo. Habitó un siglo en la Ciudad de los Inmortales. Cuando la derribaron, aconsejó la fundación de la otra. Ello no debe sorprendernos; es fama que después de cantar la guerra de Ilión, cantó la guerra de las ranas y los ratones. Fue como un dios que creara el cosmos y luego el caos.
Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal. He notado que, pese a las religiones, esa convicción es rarísima. Israelitas, cristianos y musulmanes profesan la inmortalidad, pero la veneración que tributan al primer siglo prueba que sólo creen en él, ya que destinan todos los demás, en número infinito, a premiarlo o castigarlo Más razonable me parece la rueda de ciertas religiones del Indostán; en esa rueda, que no tiene principio ni fin, cada vida es efecto de la anterior y engendra la siguiente, pero ninguna determina el conjunto... Adoctrinada por un ejercicio de siglos, la república de hombres inmortales había logrado la perfección de la tolerancia y casi con desdén. Sabía que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez, y acaso el rústico poema del Cid es el contrapeso exigido por un solo epíteto de las Églogas o por una sentencia de Heráclito. El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta. Sé de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos... Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.

El concepto del mundo como sistema de precisas compensaciones influyó vastamente en los Inmortales. En primer término, los hizo invulnerables a la piedad. He mencionado las antiguas canteras que rompían los campos de la otra margen; un hombre se despeñó en la más honda; no podía lastimarse ni morir, pero lo abrasaba la sed; antes de que le arrojaran una cuerda pasaron setenta años. Tampoco interesaba el propio destino. El cuerpo no era más que un sumiso animal doméstico y le bastaba, cada mes, la limosna de unas horas de sueño, de un poco de agua y de una piltrafa de carne. Que nadie quiera rebajarnos a ascetas. No hay placer más complejo que el pensamiento y a él nos entregábamos. A veces, un estímulo extraordinario nos restituía al mundo físico. Por ejemplo, aquella mañana, el viejo goce elemental de la lluvia. Esos lapsos eran rarísimos; todos los Inmortales eran capaces de perfecta quietud; recuerdo alguno a quien jamás he visto de pie: un pájaro anidaba en su pecho.

Entre los corolarios de la doctrina de que no hay cosa que no esté compensada por otra, hay uno de muy poca importancia teórica, pero que nos indujo, a fines o a principios del siglo X, a dispersarnos por la faz de la Tierra. Cabe en estas palabras Existe un río cuyas aguas dan la inmortalidad; en alguna región habrá otro río cuyas aguas la borren. El número de ríos no es infinito; un viajero inmortal que recorra el mundo acabará, algún día, por haber bebido de todos. Nos propusimos descubrir ese río.

La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales. Homero y yo nos separamos en las puertas del Tánger; creo que no nos dijimos adiós.

V
Recorrí nuevos reinos, nuevos imperios. En el otoño de 1066 milité en el puente de Stamford, ya no recuerdo si en las filas de Harold, que no tardó en hallar su destino, o en las de aquel infausto Harald Hardrada que conquistó seis pies de tierra inglesa, o un poco más. En el séptimo siglo de la Héjira, en el arrabal de Bulaq, transcribí con pausada caligrafía, en un idioma que he olvidado, en un alfabeto que ignoro, los siete viajes de Simbad y la historia de la Ciudad de Bronce. En un patio de la cárcel de Samarcanda he jugado muchísimo al ajedrez. En Bikanir he profesado la astrología y también en Bohemia. En 1683 estuve en Kolozsvár y después en Leipzig. En Aberdeen, en 1714, me suscribí a los seis volúmenes de la Ilíada de Pope; sé que los frecuenté con deleite. Hacia 1729 discutí el origen de ese poema con un profesor de retórica, llamado, creo, Giambattista; sus razones me parecieron irrefutables. El 4 de octubre de 1921, el Patna, que me conducía a Bombay, tuvo que fondear en un puerto de la costa
eritrea 1. Bajé; recordé otras mañanas muy antiguas, también frente al Mar Rojo, cuando yo era tribuno de Roma y la fiebre y la magia y la inacción consumían a los soldados. En las afueras vi un caudal de agua clara; la probé, movido por la costumbre. Al repechar el margen, un árbol espinoso me laceró el dorso de la mano. El inusitado dolor me pareció muy vivo. Incrédulo, silencioso y feliz, contemplé la preciosa formación de una lenta gota de sangre. De nuevo soy mortal, me repetí, de nuevo me parezco a todos los hombres. Esa noche dormí hasta el amanecer.

...He revisado al cabo de un año, estas páginas. Me constan que se ajustan a la verdad, pero en los primeros capítulos, y aun en ciertos párrafos de los otros, creo percibir algo falso. Ello es obra, tal vez, del abuso de rasgos circunstanciales, procedimiento que aprendí en los poetas y que todo lo contamina de falsedad, ya que esos rasgos pueden abundar en los hechos, pero no en su memoria... Creo, sin embargo, haber descubierto una razón más íntima. La escribiré; no importa que me juzguen fantástico.

La historia que he narrado parece irreal, porque en ella se mezclan los sucesos de dos hombres distintos. En el primer capítulo, el jinete quiere saber el nombre del río que baña las murallas de Tebas; Flaminio Rufo, que antes ha dado a la ciudad el epíteto de Hekatómpylos, dice que el río es el Egipto; ninguna de esas locuciones es adecuada a él, sino a Homero, que hace mención expresa en la Ilíada, de Tebas Hekatómpylos, y en la Odisea, por boca de Proteo y de Ulises, dice invariablemente Egipto por Nilo. En el capítulo segundo, el romano, al beber el agua inmortal, pronuncia unas palabras en griego; esas palabras son homéricas y pueden buscarse en el fin del famoso catálogo de las naves. Después, en el vertiginoso palacio, habla de "una reprobación que era casi un remordimiento"; esas palabras corresponden a Homero, que había proyectado ese horror. Tales anomalías me inquietaron; otras, de orden estético, me permitieron descubrir la verdad. El último capítulo las incluye; ahí está escrito que milité en el puente de Stamford, que transcribí, en Bulaq, los viajes de Simbad el Marino y que me suscribí, en Aberdeen, a la Ilíada inglesa de Pope. Se lee inter alia: "En Bikanir he profesado la astrología y también en Bohemia". Ninguno de esos testimonios es falso; lo significativo es el hecho de haberlos destacado. El primero de todos parece convenir a un hombre de guerra, pero luego se advierte que el narrador no repara en lo bélico y sí en la suerte de los hombres. Los que siguen son más curiosos. Una oscura razón elemental me obligó a registrarlos; lo hice porque sabía que eran patéticos. No lo son, dichos por el romano Flaminio Rufo. Lo son, dichos por Homero; es raro que éste copie, en el siglo trece, las aventuras de Simbad, de otro Ulises, y descubra, a la vuelta de muchos siglos, en un reino boreal y un idioma bárbaro, las formas de su Ilíada. En cuanto a la oración que recoge el nombre de Bikanir, se ve que la ha fabricado un hombre de letras, ganoso (como el autor del catálogo de las naves) de mostrar vocablos espléndidos.

Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. No es extraño que el tiempo haya confundido las que alguna vez me representaron con las que fueron símbolos de la suerte de quien me acompañó tantos siglos. Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve, seré todos: estaré muerto.

Postdata de 1950
Entre los comentarios que ha despertado la publicación anterior, el más curioso, ya que no el más urbano, bíblicamente se titula A coat of many colours (Manchester, 1948) y es obra de la tenacísima pluma del doctor Nahum Cordovero. Abarca unas cien páginas. Habla de los centones griegos, de los centones de la baja latinidad, de Ben Jonson, que definió a sus contemporáneos con retazos de Séneca, del Virgilius evangelizans, de Alexander Ross, de los artificios de George Moore y de Eliot, y finalmente, de "la narración atribuida al anticuario Joseph Cartaphilus". Denuncia, en el primer capítulo, breves interpolaciones de Plinio (Historia naturalis, V, 8); en el segundo, de Thomas de Quincey (Writings, III, 439); en el tercero, de una epístola de Descartes al embajador Pierre Chanut; en el cuarto, de Bernard Shaw (Back to Methuselah, V). Infiere de esas intrusiones, o hurtos, que todo el documento es apócrifo.

A mi entender, la conclusión es inadmisible. Cuando se acerca el fin, escribió Cartaphilus, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. Palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros, fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos.

A Cecilia Ingenieros.